¿Hacia dónde va la política exterior de Trump?
En estos días comienza a definirse con mayor claridad la agenda internacional del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. No se trata simplemente de discursos o declaraciones políticas, sino de decisiones concretas que podrían impactar tanto a nuestra región como al escenario mundial.
Acaba de celebrarse en Estados Unidos una reunión bajo el nombre de “Junta de Paz”, iniciativa promovida por la administración Trump. Según reportes de la prensa internacional, asistieron alrededor de 20 de los 35 jefes de Estado que habían expresado respaldo inicial a la propuesta.
Aunque la cifra es significativa, también resulta evidente que no hubo una participación plena ni representativa del consenso global.
Llamó la atención la ausencia de países europeos de peso como Francia, España y Suecia, así como otras naciones influyentes que optaron por no sumarse.
También sorprendió la distancia marcada por el Vaticano, que expresó reservas frente a algunos planteamientos, especialmente en relación con la reconstrucción de Gaza. Estas ausencias revelan que el proyecto no genera unanimidad y que existen dudas importantes sobre su orientación y alcance.

Sin embargo, esa reunión fue apenas un primer paso. El próximo 7 de marzo está convocada una mini-cumbre regional en Miami, Florida, a la que asistirán gobernantes claramente alineados con la política exterior de Washington.
Entre ellos figura el presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, lo que coloca a nuestro país dentro de este nuevo esquema diplomático.
Al observar estas iniciativas en conjunto, se percibe una tendencia clara: la administración Trump parece apostar por reducir el papel de los organismos multilaterales tradicionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA).
Desde el regreso de Trump al poder, Estados Unidos se ha retirado de numerosos organismos vinculados al sistema de Naciones Unidas y ha reducido significativamente su nivel de financiamiento y participación en otros espacios multilaterales.
En el caso de la OEA, aunque sigue existiendo formalmente como foro regional, su protagonismo ha disminuido frente a decisiones tomadas directamente por Washington. Estados Unidos ha impulsado acciones en la región que no necesariamente han contado con el consenso del organismo ni con el respaldo pleno de los gobiernos latinoamericanos.
La cumbre de Miami parece confirmar esta orientación: en lugar de fortalecer los mecanismos regionales existentes, la Casa Blanca estaría privilegiando alianzas bilaterales o grupos selectivos de países afines a su línea política.
Es una estrategia que prioriza acuerdos directos con gobiernos aliados, sin pasar necesariamente por los canales institucionales tradicionales.
Esta forma de actuación plantea una interrogante de fondo: ¿hasta qué punto resulta conveniente para el equilibrio mundial que la principal potencia del planeta actúe de manera predominantemente unilateral? Aun cuando algunas decisiones puedan justificarse bajo argumentos de seguridad o estabilidad democrática, el debilitamiento de los espacios multilaterales genera incertidumbre.
Los organismos internacionales, con todas sus limitaciones, cumplen una función importante: sirven como escenario de diálogo, moderación y búsqueda de consensos. Cuando esos espacios pierden relevancia, aumenta el riesgo de que las decisiones respondan más a correlaciones de poder que a acuerdos colectivos.
Para América Latina y el Caribe, el panorama no es menor. La región tiene intereses diversos y no siempre coinciden plenamente con los de Washington. Apostar exclusivamente a una relación alineada con una sola potencia puede reducir el margen de maniobra diplomático de nuestros países y limitar su capacidad de negociación.
En el caso dominicano, la participación en la cumbre de Miami nos coloca dentro de la conversación, pero también nos obliga a reflexionar con prudencia.
La política exterior debe equilibrar la defensa de nuestros intereses nacionales con la necesidad de mantener relaciones constructivas y respetuosas con distintos actores internacionales.
Estamos, sin duda, ante una redefinición del papel de Estados Unidos en el mundo. Más que el estilo de un presidente, lo que parece estar en juego es el modelo de gobernanza internacional que prevalecerá en los próximos años.
¿Será un sistema basado en alianzas selectivas y decisiones concentradas en pocos actores, o uno sustentado en el multilateralismo y el consenso?

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