¿Vivimos el tiempo del anticristo?

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EL AUTOR es investigador y empresario de agronegocios. Reside en Santo Domingo.

Vivimos en un mundo donde todo se hace esperando recibir algo a cambio. Las relaciones humanas se han convertido en relaciones por conveniencia, lamentablemente. La sociedad moderna ha convertido en un valor de primer nivel la capacidad de competir y vencer para ser mejor.

Los seres humanos de hoy están siendo educados para sentirse y creerse autosuficientes, capaces de romper por su propio esfuerzo todo tipo de barrera que les impida alcanzar los méritos que el mundo considera para llegar a ser importantes.

Uno de los parámetros que más se toma en cuenta para evaluar la importancia y el valor de una persona, es la cantidad de bienes materiales que ha logrado acumular, y que le permite vivir sin límites desde el punto de vista material.

Como dijo un reconocido cantautor español en una de sus canciones: “Cuanto tienes, cuanto vales”, esa es la realidad de nuestro mundo de hoy. Lógicamente que en una realidad como esa se disfraza de valores los antivalores, y las relaciones humanas se vuelven de interés comercial.

Por eso vemos las redes sociales llenas de publicaciones que invitan a alejarse de personas que no “aportan nada a tu vida”, personas que están padeciendo situaciones difíciles que les han robado la sonrisa y la alegría de vivir, la sociedad te dice: apártate de ellas.

Personas que por alguna razón han dejado sobresalir un temperamento difícil, que a veces ni ellos mismos se dan cuenta de lo pesado de su temperamento, esas personas que han etiquetado como “tóxicas”, la sociedad te dice: aléjate de ellas.

 

Personas marginadas que el mundo ha llevado con su sistema excluyente a la marginalidad, que viven de lo poco o mucho que pueden obtener día a día, que no tienen un techo donde guarecerse, que duermen donde les encuentre la noche, la sociedad te dice: apártate de ellas.

Incluso aquellos que te cuidaron con amor y esmero, que sacrificaron muchas satisfacciones de índole material, que trabajaron duramente para darte lo que tienes hoy, que siempre estuvieron dispuesto darlo todo por ti y que por mucho tiempo le llamaste papá y mamá, cuando envejecen y ya no te aportan “nada”, la sociedad te dice: apártate de ellos.

Y en ese afán de querer llegar a objetivos sin sentido, que dan mucha satisfacción al cuerpo y mucha alegría superficial y temporal, se va creando la sociedad de los muchos que están juntos, pero solos, y de los amigos enemigos y de las parejas sin estrechos lazos que perduren y trasciendan.

Es la sociedad que representa con mayor crudeza la negación de Dios, la sociedad del anticristo y que forma a sus miembros en esa cultura anticristiana.  Es la sociedad del anticristo, porque Cristo predicó y vivió el amor, esta sociedad predica el desamor y lo viste de amor.

Pero no todo está perdido, afortunadamente. Y es así porque aunque parezca que no, hay personas que tienen una llama encendida dentro que les dice: ese no es el camino, porque ese camino lleva a la muerte definitiva, el camino es el amor.

Y esas personas van contracorriente y se dedican a mostrar el amor con hechos y a llevar luz con ese amor a los que andan en la oscuridad, guiándose por luces de bengala, que de repente se apagan dejando todo en oscuridad.

Y unas de las formas más palpables de iluminar y tocar los corazones apagados con ese amor es el servicio. Pero no siempre el servicio refleja el amor. ¿Cuándo se sirve con amor? Viendo la forma en que Jesús vivió y sirvió, se revela la respuesta a esa pregunta.

Por ejemplo, cuando el centurión(Mt 8:5) romano le pidió el servicio, Jesús no le puso ninguna condición, ni tampoco se puso a evaluar si era romano o judío,  si era rico o pobre, creyente o no creyente, simplemente fue suficiente que el centurión le pidiera el servicio.

Otro ejemplo: la curación del leproso (Mt 8:1). Basta con que el leproso le dijera: “Señor, si quieres puedes limpiarme”, para que Jesús reaccionara diciendo: “quiero”. Ahí  no hubo condiciones, ni se hizo Jesús de rogar, bastó con que el leproso le pidiera el servicio y nada más.

Así hay en los evangelios infinidades de ejemplos. El servicio es una forma práctica de revelar el amor en la realidad, es una forma de vivir el amor y a su vez, que las personas tengan experiencia de ese amor, pero todo va a depender de la manera en que el servicio se haga.

Si el servicio se hace poniendo condiciones, entonces ya no es amor, lo mismo si se hace averiguando si la persona merece a o no el servicio, tampoco es amor. Para que el servicio sea agradable a Dios y tenga méritos ante Él, tiene que hacerse de acuerdo a los criterios del amor.

Los criterios del amor son los que se describen en Corintios 13: El amor es paciente, amable,  no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe, no busca su interés, no se irrita,  no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no acaba nunca.

La sociedad moderna está enferma, pero no es incurable. Basta con dejarse seducir por el amor y permitir que nos llene, venciendo el egoísmo que nos hace creer que poseyéndolo todo estamos a salvo, cuando es lo contrario. Cuando abrimos el corazón al amor, se lo abrimos a Dios, porque Dios es amor (1 Juan 4:8).

Construyamos una sociedad moderna diferente, donde el centro sea Dios y en Él, el ser humano, donde el motor no sea la competencia, sino la solidaridad, donde no predomine el odio, sino el perdón, donde no prevalezca la venganza, sino la misericordia, donde no predomine el rechazo sino la acogida, donde no predomine la maldad, sino el amor. (El autor es investigador y empresario de agronegocios)

 

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