Un cristianismo en conflicto

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EL AUTOR es ministro cristiano. Reside en La Vega.

Desde hacen siglos, el cristianismo como una religión, ha tenido bastante conflictos, los cuales lo han fortalecido, pues a través de ellos se han aclarado y divulgado los más profundos conceptos teológicos. Desde la creación de un canon, hasta la definición de la trinidad. Durante los primeros siglos del cristianismo, su rol fue alcanzar nuevos territorios, pero a la vez, definirse no como una simple filosofía, sino como la palabra de Dios manifestada al mundo, mediante la predicación del evangelio de Cristo.
El mundo tenía códigos de conductas, filosofías y hasta forma de creencias diferentes basado en sus dioses  o diosas. Pero, con el surgimiento del cristianismo se realizó una revolución en todos los antes mencionados, a tal grado que el cristianismo se convirtió en la fuerza motriz del imperio romano, pero también de otros dominios que por sus características se les llama imperio. Políticamente hablando, el cristianismo fue un buen vehículo para éstos imperios, los cuales encontraron como mantenerse y expandirse, bajo la bandera de éste.
Lo más importante del cristianismo desde el punto de vista social, fue que vino a servir de valores morales y espirituales para la mayoría de los pueblos, por su bien definidas enseñanzas sobre la conducta humana; vino a ser un paradigma bien tolerable, transformador y unificador de los pueblos. Pero, hay que decir, que también fue manipulado para que obedeciera a los propósitos de sus manejadores, quienes lo usaban de acuerdo a sus antojos, en lugar de paz, violencia; en lugar de comunión, explotación; en lugar de moralidad, mundanalidad.
El gran conflicto del cristianismo, fue que aunque hablaba del «evangelio de la paz,» su avance territorial fue a través de la espada. De ahí que, muchas personas hablan de un cristianismo sangriento. Sin embargo, aunque se ha culpado al cristianismo, y en efecto así aparenta, él no fue el culpable del mal uso que le dieron aquellos que decían ser  convertidos a él. Por eso, es importante desligar los fines para lo cuales se utilizó y manipuló el cristianismo, del fin verdadero de él.
Un conflicto menor, pero de gran arraigo, fue las continuas corrientes religiosas que surgieron dentro del cristianismo, desde los albigenses, valdenses, hasta el cisma del siglo XI, cuando surgen dos iglesias con definiciones propias e irreconciliables, la del ala Este, y la, del Oeste. De igual manera, a principio del siglo XVI, surge una tercer corriente tan definida como las anteriores, considerada como Protestante. A pesar de esta incongruencia, la finalidad del cristianismo es la unidad de los creyentes en Cristo.
Producto de las corrientes ya mencionadas, han surgido múltiples iglesias, con el agravante de que no se analiza bien el libro (La Biblia), que puede permitir la unidad doctrinaria, sino que se plantan iglesias y corrientes entre iglesias, como tantas estrellas hay en el firmamento. Y nos preguntamos, ¿por qué tantas tinieblas en la entidad de la luz? Sin duda que, la lucha de intereses diversos han propiciado, promocionado y consolidado éstas desviaciones irrespetuosas de la obediencia a las palabras de Dios.
En el siglo XVIII y principio del siglo XIX, surgió el movimiento de Restauración, el cual hacía un llamado «a volver a la Biblia,» como la única forma de unificar las corrientes religiosas existentes, pero su propósito fue desviado y en cambio surgieron nuevas iglesias con características independientes, y no unificadoras. «Volver a la Biblia,» es la mejor resolución a los conflictos surgidos durante la historia del cristianismo, pero qué tan difícil hace ese retorno a las palabras de Dios.
Por otro lado, Estado y religión deben ser separados, a pesar de que aparentemente ambos buscan la felicidad del ser humano, por senderos diferentes. Sin embargo, el Estado sin religión es un fracaso y el cristianismo sin el Estado no avanza. Entonces, los dos se necesitan, por lo que, lo que hay que buscar es un equilibrio y una línea fronteriza entre ellos, a tal grado que se ayuden, pero no que se destruyan. En el siglo XXI, el diálogo sincero, la concertación justa y la definición de roles son la base del éxito para todos.
Las grandes y pequeñas corrientes dentro del cristianismo, debemos buscar el espíritu del cristianismo, el cual es la perfecta unidad en lo que creemos, hablemos y practiquemos formando en sí la mente de Cristo en nosotros. Pensemos, que como portadores de las palabras de Dios, todos daremos cuentas de lo que hablemos y practiquemos. Dios nos juzgará y dará la sanción debida, según sea el extravío. Seamos «la luz del mundo» y «la sal de la tierra». Volvamos a la obediencia a las palabras de nuestro común Dios.
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