Hace tiempo que La Ley de Partidos y Agrupaciones Políticas rebasó las alambradas del Gobierno y del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) para convertirse en un tema esencial para el afianzamiento de la democracia política y de la gobernabilidad.
El PLD incurriría en un error como del tamaño de una montaña, si mañana mismo no le ofrece al país una solución definitiva al impasse surgido en el traspatio peledeista en relación con ese proyecto, o así cualquier litoral pretende pescar en aguas turbulentas.
Desde el sur del Rio Bravo, la institución partidaria padece un proceso de acelerado declive, que en muchos casos ha sido factor principal de graves crisis política e institucional, como lo que ocurre o ha ocurrido en Venezuela, Nicaragua, Brasil, El Salvador, Argentina, Guatemala, Honduras, Bolivia y México.
Aquí hace falta una Ley que surta el efecto de vacuna curativa o preventiva para subsanar las debilidades institucionales y el creciente descreimiento que afecta los partidos políticos, por lo que el estatuto que se discute en la Cámara de Diputados debe tener un efecto mayor que el de una aspirina.
El liderazgo del PLD ha dado muestra de voluntad política desbrozar el camino hacia un gran acuerdo intrapartidario que permita a la mayoría congresual aprobar un estatuto que garantice democracia y transparencia al interior de las organizaciones partidarias.
El tema de primarias abiertas o cerradas todavía se erige como un gran valladar, que impide que el humo blanco salga por la chimenea del Congreso, pero lo que en verdad se pretende desde otros litorales políticos es evitar que esa ley sirva para fiscalizar finanzas o para limitar excesivos poderes de oligarquías partidarias.
Al PLD ni al Gobierno les conviene que la opinión pública los culpe por un eventual fracaso en aprobar un proyecto que lleva más de una década de deambular por pasillos legislativo, ni mucho menos que los hagan responsables de la aprobación de un mamotreto de ley.
Los presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados tienen la obligación de no descansar ni un minuto hasta convencer al liderazgo del PLD de identificar una solución que permita sacar ese proyecto de las alambradas partidarias e llevarlo al seno de la sociedad vestido de lino y de seda.
No resulta ocioso reiterar que mal manejado, el proyecto de Ley de Partidos puede llevarse por delante al PLD y al sistema de partidos, como ha ocurrido en gran parte del continente, donde tradicionales organizaciones partidarias huelen mal o están podridas.


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