Siendo niño, cuando diciembre hacía su entrada en el calendario, iba a una pequeña iglesia bautista situada en la acera norte de la avenida Independencia, próxima a la calle Danae, en la cual sigue levantado el edificio Buenaventura, en uno de cuyos apartamentos viví algunos años. De su jardín, cortaba la yerba que a cambio de juguetes les ofrecería a los camellos de los magos de oriente.
Mi padre, que dependía entonces de sus cátedras de la UASD, separaba de los gastos corrientes de alquiler, alimentos, servicio doméstico, electricidad, colegio y sabe Dios cuáles otros, lo necesario para complacer mis antojos de aquellas lejanas noches de mi inocencia. Y si he de decir verdad, un solo 6 de enero no desperté sin juguetes que alegraran mi existencia.
Pero un día, avanzados ya mis primeros años, un amigo del vecindario rasgó ante mí el velo de los Reyes Magos. Subía yo en patines la calle Félix Mariano Lluberes en busca de la despreocupada muchachada con la que jugaba, y al llegar a la esquina que ella forma con la Crucero Ahrens, algo más arriba del desaparecido cine Triple, me arrebataron la encantadora identidad de Melchor, Gaspar y Baltasar.
No lo podía creer. Me dirigí entonces donde mi padre en busca del desmentido, pero ya era tarde. La edad de saber la verdad había tocado a mi puerta. De entonces a esta fecha, el calendario ha perdido con asombrosa rapidez no pocos meses y años de su cuenta interminable.
¿Son mejores o peores estas navidades? Jorge Manrique, poeta y guerrero español, siglos antes de yo nacer, escribió: “…recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando, cómo el placer después de acordado da dolor, cómo a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Puras mentiras. Estas navidades, con las naturales diferencias que para cada quien comporta el paso de los años, son similares a las anteriores, con sus reiteradas escenas de pobres que nada tienen y de ricos que lo tienen todo.
Para unos y para otros cualquier tiempo pasado pudo haber sido mejor o peor, y se comprende que así sea, porque el discurrir de la vida no cambia la crudeza de esta existencia desigual. Nacemos con el marbete que el destino estampa sobre cada uno de nosotros, pobres criaturas sujetas a los vaivenes de sus caprichos.
Aunque duela reconocerlo, nuestra propia naturaleza humana se opone a que todos seamos iguales, y esa disparidad es la que influye en las alegrías y tristezas de hogares que esperan el advenimiento del Niño de Belén, nacido para predicar amor en un mundo egoísta que todavía no ha aprendido a querer al prójimo como a sí mismo
JPM/of-am


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Que tu’ iba a la iglesia? ave maria Purisima que Dios nos agarre confesado.
Simple y muy bonita reflexion. El padre del escritor Dr. Jottin Cury ,fue un jurista muy avezado, canciller de la republica en armas en 1965, etilico y muy simpatico. Lo recuerdo casado con Liliana Paniagua en la ciudad de San Juan, donde vivio mucho tiempo. Con relacion el tema del articulo, para este viejo las navidades de ayer fueron y son infinitamente mejores.
Completamente en desacuerdo con usted sr. abogado, la navidad como época puedes que sea algo parecida por los sentimientos religiosos, pero en lo social está muy distante a las anteriores, solamente quítese la careta de los niveles económicos y podrás ver que no sólo es luces, música y colores. recuerdes un viejo y sabio refrán “ barriga harta corazón contento “ y lo peor es que el año tiene 365 días no 360.