Semana Santa 2019

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El autor es obispo emérito de la Iglesia Episcopal/Anglicana. Reside en Santo Domingo.
La última semana de la vida terrenal de Jesús de Nazaret, llamado el Ungido, el Hijo de Dios, el Mesías, el Cristo; es conocida hoy como la Semana Santa o Semana Mayor.
Hoy como sabemos y  vemos, la mayoría del pueblo no observa muchas de las tradiciones de ayer. Las prácticas piadosas que los cristianos observaban durante la Semana Santa, son ignoradas en muchos casos y suplementadas por diversas actividades. Muchas de estas no tienen relación con la fe y la práctica religiosa; más, son fiestas seculares, bacanales, paseos, excursiones turísticas u oportunidad para descansar, visitar a familiares o lugares de origen.
A pesar de los cambios y relajamiento de las tradiciones y costumbres de ayunar, orar y hacer ejercicios de penitencia, la Semana Santa hoy y siempre es tiempo de introspección y espacio para ponderar en la vida, ministerio, pasión y muerte redentora de Jesucristo nuestro Señor y Salvador.
Esa última semana de la vida del Profeta de Nazaret, que hoy denominamos como Santa, se inicia con la historia de la entrada triunfal de Jesús el Domingo de Ramos (Mateo 21:1-11). Es una narración enigmática, pues, presenta un notable simbolismo; pero, al mismo tiempo es apoteósico, ya que tenía la cualidad de presentar al profeta como rey que reclama la identificación con el Mesías, el esperado Salvador y Libertador del pueblo judío. Este hecho demuestra humildad, porque el galileo cabalga en “un animal de carga, un burro”, y no en un corcel o carruaje como solían hacer los generales o los reyes triunfantes de aquellos tiempos.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén ese domingo, fue de forma espectacular y presenta el cumplimiento de la profecía de Zacarías 9:9: “Tu rey viene a ti justo y victorioso, pero humilde, montado en un burro”. Pero al mismo tiempo, esta entrada fue motivo de suspicacia por parte de los jefes de los sacerdotes y los maestros.
Hubo entusiasmo entre la gente común de esa ciudad, y “…muchos tendían sus propias ropas en el camino, y otros tendían ramas que habían cortado en el campo. Y tanto los que iban delante como los que iban detrás, gritaban: ¡Gloria! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Rey que viene, el reino de nuestro Padre David! ¡Gloria en las alturas!” (San Marcos 11:8-9).
Así comenzó Jesús en Jerusalén la última semana de su vida terrenal, donde sería perseguido, enjuiciado, azotado y crucificado.
Ese mismo domingo, cuando Jesús entró en la gran ciudad, se dirigió al templo. El lunes volvió al templo y comenzó a echar de ahí a los que estaban vendiendo y comprando. Se puso a enseñar, diciendo: “En las Escrituras dice: ‘Mi Casa será declarada Casa de Oración’ para todas las naciones, pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones”. (San Marcos 11:15-17).
El martes Jesús tiene controversias con “los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley”. Éstos buscaban la manera de matarlo, porque le tenían miedo, pues, toda la gente estaba admirada de sus enseñanzas”. (San Marcos11:20).
El miércoles Jesús va a Betania a visitar a Martha, María y Lázaro. Allí en ese poblado y en casa de Simón, a quien llamaban el leproso, mientras estaba sentado a la mesa, llegó una mujer que llevaba un frasco de alabastro (pequeño envase) lleno de perfume de nardo puro de mucho valor. Rompió el frasco y derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Algunos criticaban aquella mujer, diciendo: “¿Por qué se ha desperdiciado este perfume? Podría haberse vendido por más de trecientos denarios (denario: fue una antigua moneda romana de plata), para ayudar a los pobres”. (San Marcos 14:4-5). Pero Jesús dijo: “Déjenla. ¿Por qué la molestan? Esto que me ha hecho es bueno”. (San Marcos 14:6).
El jueves se hace la preparación para la celebración de la Pascua Judía en que se comía pan sin levadura y se sacrificaban corderos. (San Marcos 14: 12). Este primer Jueves Santo es el día de más conmoción en la vida terrenal de Jesús, pues sucedieron los siguientes hechos:
En el Aposento Alto Jesús come con sus discípulos la Última Cena, que realmente fue la celebración de la primera Eucaristía de los cristianos.
El Maestro y Profeta aprovechó la ocasión para escenificar algunas acciones y dar directrices a sus discípulos. Allí durante la cena anunció la firma del “nuevo pacto”, pues, declaró que “no volvería a compartir ese momento hasta el día en que se beba el vino nuevo en el Reino de Dios”. (San Marcos 14:24).
Entre otras cosas, Jesús anunció que uno de sus discípulos le iba a traicionar. De hecho, Judas Iscariote lo hizo. (San Marcos 14:17).
Jesús les dio un nuevo mandamiento a sus acompañantes: “Que se amen los unos a los otros”. (San Juan 13:34). Además lavó los pies de sus discípulos para dar testimonio de humildad y vocación de servir y no ser servido. (San Juan 13:14).
Entre lo más conmovedor de esa ocasión de la Cena Pascual, Jesús anunció a sus discípulos lo siguiente: “Todos ustedes van a perder su confianza en mí esta noche”. Pedro le contestó: “Aunque todos pierdan su confianza en ti, yo no la perderé”. A este dicho de Pedro, Jesús le dijo: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo me negarás tres veces”. (San Mateo 26:75).
Después de la Cena Pascual en el Aposento Alto, Jesús lleva a sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan a Getsemaní, allí en ese jardín, es traicionado y entregado con un beso de Judas. Es arrestado y juzgado ante tres instancias (los sumos sacerdotes Anás y Caifás. San Juan 18:12-13; ante la Junta Suprema. San Mateo 26:57-67; ante Pilato el gobernador romano. San Juan 18:28-38) esa misma noche y la madrugada del viernes.
Jesús Nazareno es condenado, azotado, escarnecido y  crucificado en medio de dos maleantes en el Monte del Calvario. Así ocurrió entonces en la última semana de la vida, pasión y muerte del profeta y se da inicio a las conmemoraciones que hoy llamamos Semana Santa.
Durante siglos la Semana Santa era tiempo de oración, ayuno y actos penitenciales. No se celebraban matrimonios, ni fiestas bailables, ni se cantaba o tocaba música secular. La costumbre era abstenerse de comer carne roja, huevos y lácteos. Y el ayuno se hacía estrictamente el Viernes Santo.
Al meditar sobre los acontecimientos de esa última semana terrenal de Jesús; lo que debe hacer el cristiano hoy es preguntarse: ¿cómo debe él o ella responder para poner su fe y práctica de su religión, su creencia y aceptación en el Señor, que por amor al mundo dio a su Hijo para morir en la cruz para su salvación?
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