Putín

El papel desempeñado por Rusia en Siria impidió el año pasado 2013 que EEUU y algunos aliados europeos repitieran en ese país el derrocamiento del gobierno de Bachar el Assad siguiendo el modelo empleado en Libia. Putin, marcando el paso de la estrategia y de la diplomacia rusa paró en seco los aprestos guerreristas de Occidente y proveyó un bajadero a EEUU para que Obama además de haber sido derrotado no resultara humillado. El manejo reciente de la situación en Ucrania ha dado mayor vuelo a Putin convirtiéndolo en una de las personalidades sobre la que todos hablan, opinan y hasta psicoanalizan. Como el propio Putin alega, Estados Unidos y también Inglaterra, Francia, España y Alemania, entre otros países, rompieron, antes que él y en múltiples ocasiones, cualquier noción de respeto a la soberanía y al orden jurídico internacional. Al despojarse de autoridad moral lanzando guerras de agresión en Iraq y Afganistán así como numerosas y graves intervenciones y agresiones en otros países, Occidente abrió las puertas a un mundo de intervenciones a ser perpetradas por todos aquellos países que entiendan que pueden y tienen con que hacerlo. No se trata de que Putin haya ganado claramente estos dos episodios como abundan los comentarios. Lo que deberíamos ver es porque surge Putin, por qué es tan sólida su posición política interna, por que reconstruye, sin la ideología del socialismo el papel y el estatus de Rusia como una gran potencia, por que logra reencarnar el despotismo ruso ancestral y en definitiva por qué su accionar obliga a Occidente a replantearse de nuevo la guerra fría o como se le quiera llamar al modelo de enfrentamiento en ciernes. Después de la desastrosa y humillante gestión de Boris Yeltsin Occidente esperaba que Rusia, la antigua gran potencia, se convirtiera en otra cosa y se conformara con un papel de actor secundario en una obra de teatro mundial protagonizada por los EEUU y algunos de sus aliados. Despojada de la antigua ideología, desacreditado el socialismo, desmembrada la antigua URSS, dispersado su poderío militar, perdida la adhesión forzada o no de sus países vecinos y súbditos, Rusia quedó ante el mundo como una de esas familias que antes tuvieron fama y fortuna pero ahora venida a menos, solamente con la memoria, el recuerdo de glorias pasadas. Pero, y siempre lo he dicho, Occidente nunca entendió lo que había pasado con el socialismo y nunca entendió al pueblo ruso y menos aun a sus élites. Tras la sumatoria de fracasos propios que convirtieron la antigua y poderosa URSS en la nueva y desmoralizada Rusia los países de Occidente no se conformaron con la situación y añadieron humillación a la ofensa. EEUU y Occidente se propusieron literalmente desmantelar a Rusia, despojarla, cercarla, invalidarla. El acoso fue sistemático y abarcó todos los campos económico, militar, cultural, estratégico, informático, agrícola, financiero etc. Desde el coqueteo y la seducción de los vecinos de Rusia para incorporarlos a la OTAN y ponerlos en contra de Rusia hasta el desafortunado proyecto del escudo antimisiles mediante el cual Rusia y todo su territorio quedaban expuestos y vulnerables a la cohetería, EEUU no cejó en el empeño. Las elites rusas llegaron a misma conclusión que los islamistas con los cuales, naturalmente, no tienen nada de intereses en común. Los islamistas entendieron a partir de 1967 que no importa lo bien que se portaran, los dóciles que fueran y la lealtad que profesaran a Occidente y los países que lo integran ya que, Occidente siempre estaría del lado de Israel. Pues bien, los rusos también entendieron que nada que hicieran, ninguna concesión que entregaran convencería a Occidente de que podían aspirar a ser un socio de buena fe en igualdad o al menos en razonables y aceptables condiciones. Putin es la expresión bien lograda y mejor articulada de una convicción de las elites nacionales rusas de que Occidente, en su egoísmo y su ceguera, su prepotencia arrogante y su expansionismo dinámico no entiende otro lenguaje que el enfrentamiento y la fuerza y que Rusia jamás sería respetada si no se planteaba la restauración de su antigua grandeza, la reevaluación del papel que en la historia han desempeñado y al fin y al cabo la seguridad de su propia supervivencia. Putin no es un fenómeno ni una ocurrencia pasajera; tampoco es un llanero solitario que cabalga las estepas siberianas ni exhibe su musculatura o sus destrezas físicas para concursar en un reality show. Putin es, como su gestión, producto del acoso de Occidente sobre Rusia a la cual no le dejaron ninguna otra salida que la actual y, en esa medida, él encarna, como se indicó antes, tanto el absolutismo del zarismo como los antiguos métodos soviéticos, pero sin corona, sin realeza y sin ideología. Putin y esta nueva Rusia no reniegan de Dios ni de la iglesia, la abrazan. Han aprendido lecciones importantes de las que llevaron la URSS al fracaso y de las que, por igual, carcomen a Occidente. Recuerde el lector que en Ucrania no han habido muertes ocasionadas por la intervención militar rusa, que nadie tiene moral para acusarlos de agresión (Ucrania y Crimea tiene un pasado ruso de siglos) y que tampoco se han asociado con el destino del destituido y desprestigiado Yanukovich.

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