Fui a vacunarme contra el Covid-19.
Eran las 6:10 de la mañana, aún semi oscuro y con una brisa agradablemente fría, cuando hacía fila frente a la entrada de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).
Luego de un año en cuarentena, protegiéndome hasta de mi sombra y protegiendo a mi familia, a mis amigos, la obligación de vacunarme no era un tema de discusión ni dubitativo.
Es el rayo de esperanza para salir airosos de la pandemia, que durante todo un año nos ha azotado, nos ha cambiado la vida, nos ha visto ver contagiarse, morir a muchos amigos, parientes, personalidades del país y del mundo.
Mi experiencia con el proceso de vacunación, gratísimo aunque durara ¡seis horas y media! Impecable la organización del equipo de la PUCMM. Un gran salón abierto, limpio, iluminado, con ventilación por todos lados, sillas suficientes para acoger, con distanciamiento, a los congregados, una ordenada recolección de datos, facilidades como baños limpios y completos, botellones de agua y gel en varios puntos y, sobre todo, la amabilidad, educación, vocación de servicio de una treintena de jóvenes graduados y estudiantes de término de medicina, junto a docentes, personal administrativo y voluntarios de la Universidad, que ‘bregaron’ con cortesía con ese grupo de adultos, todos sobre 70 años, muchos con limitaciones y problemas de movilidad.
El pinchazo, el sacrificio, si lo fuera, valió la pena.
¡Vacúnese!
JPM

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