POR FELIX REYES
En mi anterior escrito hice una breve alusión a la emergencia de un nuevo orden mundial que, además, de responder a factores demográficos, tecnológicos y económicos, es promovido por algunos gobiernos democráticos y, principalmente, por gobiernos autoritarios como los de China y Rusia.
Este nuevo orden mundial se encuentra en cierne y es resultado, en primer lugar, de factores económicos, ya que, entre las características principales que lo definen se encuentran las referidas a las fuentes de financiamiento, fuentes de inversión extranjera, así como lo relativo a las monedas utilizadas en el comercio entre los países.
En este sentido, llama la atención el hecho paradójico de que haya sido justamente la globalización, fenómeno tan criticado por los heraldos del nuevo orden mundial, la causante de sus hechos concretos, tales como:
1. Que China desplace a Estados Unidos como principal socio comercial de gran parte de los países africanos, sudamericanos y asiáticos, al convertirse en el principal demandante de sus materias primas y destino de sus exportaciones.
2. Que se generen las condiciones para que algunas economías emergentes (Brics) realicen sus intercambios sin recurrir al dólar americano.
3. Que existan fuentes de financiamiento, como las del gobierno chino, y algunas en etapa de planificación, como el proyecto Banco del Brics, al margen de entidades tradicionales (FMI y el Banco Mundial).
4. Que las enormes riquezas ahorradas por China haya permitido a este país aumentar su influencia geopolítica mediante el financiamiento de iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda y de numerosas obras de infraestructura en Asia, África y Latinoamérica, incluidas bajo el término más amplio de “iniciativa de Franja y Camino” o “Belt and Road Iniciative” (BRI).
Si ha sido así, entonces no debiera sorprender que el fenómeno de la tan vilipendiada globalización sea, justamente, el factor que explica que, al proveer mano de obra barata, China se convirtiera en la factoría del mundo, sobre todo, de Estados Unidos y Europa, posibilitando que fuera receptor de transferencia tecnológica de estos y acumulara grandes riquezas, que la convierten en una potencia económica y tecnológica, con fuerza para expandir su influencia en el mundo y rivalizar a Estados Unidos.
Tal vez, tampoco debiera causar sorpresa que haya sido el aprovechamiento de la globalización, en su variante del denominado “nearshoring”, lo que permite a México superar su condición de simple proveedor de materias primas y dar los primeros pasos para avanzar hacia el desarrollo de una industria manufacturera con encadenamiento global.
En contraposición, tampoco debiera sorprender que la reacción al fenómeno de la globalización promovida desde el Acuerdo de Sao Paulo y ejecutado principalmente por los denominados países de la Alianza Latinoamericana Bolivariana (ALBA) haya causado que, circa principios del siglo XXI, varios países de América del Sur despreciaran y perdieran la oportunidad de jugar un rol similar al de China y continúen hoy siendo simples proveedores de materias primas, ahora hacia el mismo país asiático con el que debieran estar compitiendo en producción industrial, como lo ha empezando hacer México.
Debe señalarse, además, que Estados Unidos y los países de Europa Occidental son los que, en realidad, han sufrido los mayores efectos perniciosos del fenómeno de la globalización, ya que esta generó dependencia de productos manufacturados en otros países y limitó expectativas de movilidad social de una parte de su población, cuando no la empobreció, lo que, coincidiendo con grandes oleadas migratorias, ha generado sentimientos xenofóbicos y creado polarizaciones sociales, que han sido “caldo de cultivo” para la emergencia de liderazgos de derecha con vocación autoritaria (Trump, Le Pen, Orbán).
En este punto, es pertinente formular algunos señalamientos y preguntas a quienes preconizan las ventajas que eventualmente traería al mundo un “nuevo orden mundial”.
Ciertamente, en estos momentos son reconocibles elementos que presagian la emergencia de un orden multipolar que tiende a sustituir al orden por el cual, al resultar victorioso en la “guerra fría”, Estados Unidos de América, apoyándose en diferentes instituciones económicas multilaterales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, entre otras, intentó imponer determinados modelos económicos e instituciones políticas al resto del mundo.
También es cierto que la aplicación de simples supuestos de lógica formal llevan a la conclusión de que el paso de un mundo políticamente unipolar a otro multipolar implica un mundo con mayor igualdad en la relación entre los diferentes estados. Este razonamiento luce casi tautológico y puede conducir a pensar que, de cualquier forma que se manifieste, es lo más conveniente a los ciudadanos de todos los países.
Sin embargo, este razonamiento es falaz, ya que identifica lo que conviene a los intereses de los estados con lo que conviene a los intereses de sus ciudadanos, siendo, en realidad, que estos intereses no siempre coinciden, en particular cuando se trata de estados con gobiernos autoritarios.
Gobiernos de este tipo solían llegar a la dirección del Estado mediante vías violentas, tales como golpes de estado o revoluciones, pero recientemente en Latinoamérica es más frecuente ver que llegan al gobierno mediante elecciones y, una vez en control del poder, cambian las reglas con la finalidad de hacer imposible la alternancia. Es lo que un amigo y colega antropólogo denomina “electodictadura”.
Además de lo señalado como fuente de legitimidad del poder, entre las características que definen a los gobiernos autoritarios se puede citar la ausencia de consulta para la toma de decisión de las políticas públicas, tomando en cuenta los diferentes intereses que tienen los ciudadanos.
Para este tipo de gobierno, los ciudadanos constituyen un conjunto amorfo, llamado pueblo, en el que todos tienen un mismo interés; interés que, por supuesto, solo es conocido por el partido y/o el jefe de estado, pues “las masas populares” solo piensan en sus necesidades inmediatas y no llegan a comprender lo que verdaderamente les conviene, sus intereses estratégicos.
Si esto es así, ¿para qué consultar a los ciudadanos?, ¿para qué permitir que tomen decisiones sobre cuestiones que no comprenden?, ¿para qué permitir que elijan a quienes les van a dirigir? De lo que se trata, entonces, es que el grupo político que se hace con el control del Estado elimine la alternancia política y permanezca al frente de este, durante varias generaciones y con vocación eterna, porque solo ese grupo, sin preguntarle a nadie, es el que conoce y representa los “intereses estratégicos” de la abstracción llamada pueblo.
Es esta la visión que orienta a los gobiernos autoritarios, una visión que desprecia a la misma población cuyos intereses dice representar; visión que desconoce derechos humanos (civiles, políticos, sociales), ya que los derechos se ejercen por individuos concretos, con intereses diferentes y no por abstracciones como la señalada en el párrafo anterior.
Acerca de este punto de los derechos humanos y, en general, sobre las implicaciones políticas de un nuevo orden mundial, me propongo escribir en una segunda entrega.
jpm-am