Ovando en la historia del Caribe (2 de 2) 

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EL AUTOR es abogado e historiador. Reside en Santo Domingo.

El gobernador colonial Nicolás de Ovando fue el primero en traer negros esclavos a esta parte del mundo. Esas víctimas vivían como tales en España. Eran llamados ladinos por su conocimiento del idioma castellano, además de estar “aculturados y cristianizados.” 

Esos pocos esclavos negros africanos fueron la avanzada de los millones que años después serían traídos desde África a este lado del océano Atlántico. 

Al examinar los documentos que existen sobre sus 7 años dirigiendo el gobierno en La Española se comprueba que Ovando tenía de sobra herramientas mentales para ordenar crímenes espantosos a mansalva, para la codicia, para favorecer a sus colaboradores más cercanos y también para mantener a raya a los que pudieran ser sus adversarios.  

Pero su huella como gobernante también quedó fijada fundando pueblos de un extremo a otro de la isla. A su tarea de constructor se debe, por ejemplo, el perfil arquitectónico de la zona más antigua de la ciudad de Santo Domingo. 

La capital dominicana fue originalmente fundada por Bartolomé Colón en el lado oriental del río Ozama, el 5 de agosto de 1498. Estaba formada básicamente por unas decenas de chamizos, pero luego de uno de los acostumbrados ciclones que azotan la zona del Caribe quedó tan maltrecha que un día cualquiera del 1503  Nicolás de Ovando ordenó el traslado de la población capitalina al margen occidental de dicho río. 

A partir de esa decisión comenzó el proceso de construcción de obras como el hospital san Nicolás de Bari, considerado el primero de América. En fin, la ciudad de Santo Domingo cambió el pobre paisaje arquitectónico que tenía hasta que Ovando arribó a ella el 15 de abril de 1502, en la nao Santa María de la Antigua, al frente de una armada de 32 embarcaciones.  

Varios de los edificios cuya construcción fue ordenada por Ovando, con paredes y techos de piedra, aplicando las técnicas de cantería, siguen en pie después de más de 500 años.  

Por esa faceta de su vida fue calificado como “el verdadero colonizador y uno de los hombres más extraordinarios que ha pasado por América.”(Historia de la Cultura Dominicana.P.113.Mariano Lebrón Saviñón). 

Entre los pueblos que ordenó fundar Ovando cabe mencionar San Juan de la Maguana, Azua, Puerta Plata,  Higüey, Cotuí, El Seibo y San Cristóbal, en el hoy territorio dominicano; así como  Bayajá, Yaguana, Jacmel, Cabo Haitiano, Hincha y Les Cayes, en la parte que ahora es la República de Haití.   

Varios de esos pueblos, llamados por algunos como ovandinos, tenían el mayor movimiento portuario del Caribe insular. Santo Domingo y Puerto Plata eran  los más activos en el siglo XVI. 

Tal vez imbuido por esa actitud de hacedor de pueblos que tenía ese férreo gobernante colonial fue que Joaquín Balaguer, en su poema titulado Nicolás de Ovando, lo califica de “titán creador”, “merecedor de una imperial corona”, pero concluye diciendo que toda la gloria que logró al fundar “once ciudades” la mancilló “al llevar a la horca a Anacaona.” En la Isla inocente, otro de sus poemas, dicho autor puntualizó que: “…después Ovando trajo el martirio.”(Obras Selectas. Tomo III.Pp.370 y 641). 

Ovando ostentó el título nobiliario de Comendador de Lares de la Orden Militar  de Alcántara. A partir del 20 de agosto de 1502 fue ascendido a Comendador Mayor de la misma.  

Cuando murió, con 51 años de edad, fue enterrado como si hubiera sido un santo varón en el convento de San Benito de la ciudad de Alcántara, en su Extremadura natal. 

Al cesar  el 10 de julio de 1509 sus funciones de gobernador general del Virreinato de las Indias, (que ejerció con poderes ilimitados en los ámbitos políticos, administrativos y militares) se retiró a disfrutar parte de la inmensa fortuna que acumuló con malas artes, gracias al apoyo que indistintamente tuvo de los monarcas Isabel I de Castilla, Fernando II de Aragón y V de Castilla y nominalmente de Juana I de Castilla, alias la Loca. 

El señor comendador Ovando se hizo acompañar en ese viaje de retorno a su país de quien fuera el alcalde mayor de la ciudad de Santo Domingo durante su gestión como mandamás colonial, el salmantino Alonso de Maldonado, así como de otros de sus amigos y subalternos.  

El aragonés Miguel de Pasamonte, entonces recién nombrado tesorero de La Española, se apoderó de la mayor parte de los bienes inmobiliarios y semovientes que tenía aquí Ovando.  

Contó para hacer lo dicho en el párrafo anterior con el apoyo de personeros del  citado rey Fernando II, entre ellos el influyente obispo Juan Rodríguez de Fonseca. El mismo monarca le envió al nuevo gobernador colonial, Diego Colón, una carta de presentación a favor de Pasamonte, en la cual le decía que lo tenía “por muy buena persona y de buena consideración, y por muy cierto y leal servidor.” 

Pero en estas cortas notas es importante señalar que las obras materiales de Ovando no pueden ocultar sus crímenes ni su memoria puede justificarse detrás de sofismas como el romance del poeta español Manuel José Quintana Lorenzo, quien sin ninguna consideración ética escribió: “Que no se es cruel si se nace en tiempo que importa serlo.” 

La hoja de vida de Nicolás de Ovando se inclina hacia lo siniestro. Además de las matanzas que ordenó también fue el mayor impulsor para que se produjera la entrega de indios y negros en favor de los españoles que lo secundaban en su gobierno. 

Está documental demostrado que Ovando gestionó que se hiciera institucional el reparto de indios en favor de los españoles (la encomienda), para lo cual fue complacido por la reina Isabel la Católica mediante una Real provisión firmada el 20 de diciembre de 1503.  

También logró de ella autorización para el envío a esta zona del Caribe de miles de esclavos negros, con unas especificaciones que luego fueron reveladas por el vesánico funcionario colonial Alonso de Zuazo, en una carta fechada en enero de 1518. 

Valga la digresión para decir que la reina referida está en proceso de beatificación desde 1958. En el 1974 fue declarada “sierva de Dios.” 

Es oportuno decir que Ovando forma parte destacada de la galería de los personajes más siniestros de la era colonial española en América. Entre ellos  Francisco de Galay y Juan de Esquivel (Jamaica), Alvar Núñez Cabeza de Vaca (Paraguay), Diego Velázquez (Cuba), Juan Ponce de León (Puerto Rico), Francisco Pizarro (Perú), Hernán Cortés (México), Alonso de Ojeda (Venezuela), Pedrarias Dávila (istmo de Panamá), etc. 

Luego de estar residiendo en España, contra Ovando se abrió aquí un Juicio de Residencia. Para ello el rey Fernando II emitió una cédula real en la ciudad de Valladolid, fechada el 15 de noviembre de 1509.  

En un ensayo titulado El pleito Ovando-Tapia, publicado en el 1978, el historiador Emilio Rodríguez Demorizi hace una amplia descripción de ese sonado caso de la jurisprudencia colonial.  

El resumen de ese litigio es que Ovando le confiscó al comerciante español Cristóbal Tapia un amplio terreno con vista a la ría del Ozama, sobre el cual construyó un edificio para la llamada Casa de Contratación. La sentencia, dictada el 23 de enero de 1510, fue a favor de Tapia. En ese edificio colonial está desde hace décadas el Museo de las Casas Reales. 

La historia personal del gobernador colonial Nicolás de Ovando tiene de manera abultada un saldo negativo. Sus hechos de gobierno así permiten consignarlo en esta breve crónica.  

jpm-am

 

 

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J Ortiz
J Ortiz
2 meses hace

No sé puede juzgar a estos hombres con la visión del presente. Hay que mirar el contexto de la época en que le tocó vivir. Tampoco debemos olvidar que somos hijos de los vencidos y los vendedores. Si hay que pedir perdón nosotros, los hijos de aquellos de una u otra forma, somos los que debemos pedir perdón, pues fuimos los que nos quedamos en las Américas.