OPINION: La comunidad internacional y Haití

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EL AUTOR es político. Reside en Raleigh, Estacdos Unidos.

Cuando en octubre de 1945, entró en vigor la Carta de las Naciones Unidas, que se había firmado en junio de ese mismo año, se dirimía en el mundo conflictos muy graves para la humanidad, de la trascendencia de la Segunda Guerra Mundial; en aquel momento no se visualizaban, al menos en los escritos, situaciones como los cambios climáticos y las crisis de inmigrantes.

Han pasado 27 años de la matanza de seres humanos más grande que registra la historia, realizada en menos de 24 horas; el 6 de abril de 1994 cuando derribaron el avión en que se transportaban el presidente Juvenal Habyarimana y su homólogo de Burundi, se desató en Ruanda una descomunal violencia racial que aniquiló 300,000 mil personas en su primer día.

En los próximos 100 días, los ojos del mundo permanecerían nublados por la sangre de 800,000 mil víctimas arrastradas por una de las catástrofes humanas más recientes de la historia; los anales de prensa, lo registraron como los cien días más sangrientos de África.

De acuerdo a los analistas de la época, aquel desenlace se veía venir; era un país sumido en una guerra intestina, donde un grupo racial encabezaba un gobierno excluyente y dictatorial para las demás etnias, cuyo odio y encono habían llegado al clímax.

La ONU no jugó el papel que le dio origen a su existencia, y los huesos de los tutsis y los hutus, (unos más, unos menos) pasaron a poblar los suelos de Ruanda en proporción de cientos de miles en esos oscuros cien días de 1994.

Hoy, el hemisferio occidental es testigo de un drama humano muy grave, con consecuencias internacionales impredecibles. La Organización de Naciones Unidas está en la obligación histórica de adelantarse a los acontecimientos impredecibles en que podría derivar la grave crisis de Haití.

La opinión pública mundial no estará en condiciones de exculpar a la ONU de su responsabilidad en dirimir el conflicto en que vive el pueblo haitiano.

El retiro en el 2017 de la reducida fuerza de tarea, que se conoció con el nombre de la Minustah, fue un grave error cometido por la dirección de la ONU; aquella intervención en Haití debió ser el preludio para negociaciones internacionales que condujeran a finiquitar el conflicto de este sufrido pueblo.

Ahora que las olas de inmigrantes haitianos que huyen de la miseria y la barbarie, que danzan por doquier en ese pobre territorio, comienzan afectar fronteras tan lejanas como las de América del Sur, o las de Méjico y EEUU, creemos que es el momento en que los Cascos Azules vuelvan en auxilio de los haitianos, para proteger las vidas y bienes de los más indefensos, que son la mayoría de este pobre pueblo.

Quizás por respeto a la diplomacia internacional, ningún país se aventure a sugerir una determinada solución en este problema; pero a “ojos de buen cubero”, Haití debe sobrevenir a constituirse en un protectorado de la ONU, con el auspicio comprometido de dos estados principales, Canadá y Francia.

¿Por qué? Simplemente, Haití ha demostrado que no es capaz de conducirse por sí mismo; no existe allí un liderazgo con el suficiente desprendimiento, con capacidad de sacrificio para crear un estado fuerte que se mantenga por encima de los intereses particulares.

Y en el otro particular, Francia y Canadá son los estados con lazos más fuertes con el conglomerado haitiano; Francia condujo su colonización y dejó sus raíces allí, y en Canadá existe una comunidad numerosa, trabajadora y educada de ciudadanos haitianos, que en el futuro podrían formar parte de la reconstrucción de su país.

Ojalá la ONU tome las riendas de este problema, antes de que sea demasiado tarde.  

JPM 

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