NUEVA YORK.- Durante siglos, la rata común ha sido la obsesión de Nueva York. Se han colocado trampas y preparado venenos, con escaso efecto visible. «Cualquiera que esté a cargo de erradicar las ratas de Nueva York sabe exactamente la frustración que sentía Sísifo», dijo Joseph J. Lhota, designado en su momento «zar de las ratas» como intendente adjunto en la administración de Rudolph Giuliani.
No obstante, el presupuesto municipal aceptado la semana pasada incluye casi 3 millones de dólares para el plan de desratización. Con un toque de arrogancia, el intendente Bill de Blasio describió a estos animales como «una institución neoyorquina de la que nos alegraría librarnos».
A lo largo de las líneas divisorias de las avenidas y los huecos interiores de los árboles, bajo las tapas enrejadas de las cloacas y bien adentro de los matorrales de los parques, allí arraiga la visión de la alimaña ciudadana. A los distintos equipos se les ha asignado procesos acordes con su área de acción: un enfoque propio de asistentes sociales para liquidar el bicherío, en palabras de los funcionarios.
Al Departamento de Higiene se le está proporcionando compactadores solares y otros «contenedores a prueba de ratas». Y desde las sedes de una media docena de instituciones municipales se ha propagado un mensaje: «Piense como una rata».
«Son como nosotros», dijo Rick Simeone, director de control de pestes del Departamento de Higiene de la ciudad, mientras registraba arbustos en la zona céntrica de Brooklyn. «No devuelven nada. Comen y se reproducen», describió.
El nuevo intento de la ciudad se basa en atacar los llamados reservorios de ratas, secciones donde las ratas subsisten en cantidad suficiente como para que erradicar unas cuantas en la superficie tenga poco efecto a largo plazo. Cualquier descuido –una grieta en la vereda, un sándwich tirado a la basura– puede poner en peligro la frágil paz.
«Las ratas de Nueva York son diabólicamente inteligentes», dijo Robert Corrigan, experto en roedores que asesora a la ciudad desde hace tiempo. «Son oportunistas y no son escrupulosas». Pero prolifera el optimismo por el último impulso para controlarlas.
jt/am

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