Manual de un escapista: la temeraria vida de un líder

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EL AUTOR es politico. Reside en Santo Domingo.

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Salí “raudo y veloz” la noche del 10 de mayo de 1998 hacia la casa de Cambita, como todos le llamábamos, con un pálpito de que esta vez la muerte sí le atraparía. El óbito estaba diariamente tras él desde hacía cuatro años, desde que enfermó gravemente, pero él se sabía predestinado a realizar grandes tareas y convencido estaba de que no cerraría los ojos hasta lograrla.

Su familia y los más cercanos lo considerábamos casi inmortal porque se había burlado tantas veces de la muerte, que su vida era digna de una serie de suspenso. Porque nadie como él se le había escapado a tantas acechanzas, atentados, amenazas y es que desde su nacimiento, el sobrevivir fue su estado natural.

Es que “La parca” le persiguió con apenas meses de nacido cuando sus progenitores, ambos dominicanos de color, tuvieron que huir ante “El corte” ordenado por Trujillo en octubre del año 1937, dirigido a haitianos y de paso a dominicanos negros de la frontera que tuvieron que salir despavoridos, pero la furtiva huida de él y de su único hermano Domingo fue una acción todavía desconocida que al parecer fue realizada por una cercana pariente que los puso a resguardo, entregándoselos a quien serían sus padres adoptivos, una pareja de esposos de edad avanzada de piel blanca, Fermina Gómez y Regino Peña, que con especial cuido y celo le criaron, formaron y protegieron tanto o más que a Leónidas, su único hijo de sangre.

Cuando el infortunio económico llegó al hogar, le tocó a Peña Gómez ayudar a los suyos; por ello fue limpiabotas, dependiente de una pulpería y, posteriormente, maestro de alfabetización cuando cursaba el bachillerato y, aunque trabajaba, la hostil situación de la época llevó a su beata madre adoptiva, Fermina, a cuidarlo con tanto celo como la loba romana de los prejuicios raciales y sociales en tiempos de la dictadura trujillista.

Llegó Peña Gómez en el año 1958 a Ciudad Trujillo sin recurso económico alguno a estudiar locución y derecho, solo acompañado de su fe inquebrantable y de una carta de recomendación del director de la escuela donde cursó estudios para gestionarle un empleo de maestro, el cual consiguió por sus innegables condiciones.

Antitrujillista, era conocedor del papel en el exilio del Partido Revolucionario Dominicano y de su líder, el profesor Juan Bosch. Ante la más cercana posibilidad, hubo de ponerse este en contacto para recibir la comisión del PRD en el año 1961, compuesta por Ángel Miolan, Nicolás Silfa y Ramón A. Castillo, y al ponerse a la orden de estos, se prestó con valor espartano a realizar el papel de presentador del primer mitin político en su condición de locutor y militante de la causa, estando todavía los Trujillos en el país.

Hacer campaña en el país en los años 1961 y 1962 era una tarea para valientes porque las hordas de la dictadura tenían el control todavía de la República y aunque los albores de libertad llegaron con el profesor Juan Bosch, su mentor a la presidencia Solo fueron siete meses de respiro libertario, porque los militares y la incipiente oligarquía truncaron el sueño del pueblo y volvió el exilio, las persecuciones, más la sombra de la muerte contra todo el liderazgo perredeista y de izquierda.

Tras el golpe de Estado del 1963, se salvó José Francisco Peña Gómez de ir al exilio como muchos otros hechos prisioneros gracias a la intervención del influyente político Rumano- Estadounidense Sacha Volman, que a pedido de mi madre Julia Idalia Guaba (Lala) sacó a mi padre del avión que le llevaría al destierro por esas cosas del destino o de la providencia, acción que los llevó posteriormente a ambos a compadrarse pocos años después porque Don Sacha apadrinó a mi hermano Tony. Fue esta una relación tan cercana que los llevó a tratarse como hermanos.

Cuán difícil le fue al joven Peña Gómez los años de 1963 hasta el año 1965, cuando hubo de dirigir al PRD aquí, estando la mayoría de su cúpula en el exilio y teniendo que enfrentar casi solo toda la furia de la reaccionaria derecha de la época, que lo catalogaba como un naciente y agitador novel líder de izquierda, cosa por la que fue hecho preso en varias ocasiones y otras tantas veces víctima de incesantes allanamientos.

Eran tiempos muy difíciles aquellos donde la vida valía poco o casi nada y donde expresarse contra el gobierno era una sentencia de muerte, como lo era en los oscuros doce años del Balaguerato, desde el año 1966 hasta el 1978, donde la banda colorá y los incontrolables generales del reformismo de las sombras convirtieron las calles en ríos de sangre en toda la geografía nacional, diezmando con ello lo más granado de la juventud revolucionaria de la era. Fueron muy pocos los activos dirigentes políticos que le hicieron frente al poder que sobrevivieron a esa etapa de horror y, si no hubiera sido por las excelentes relaciones internacionales, su influencia entre las masas populares, sus vínculos con los militares más prudentes o democráticos y por la bravura de quienes le acompañaban, el joven y fogoso líder, como se le llamaba, no hubiese podido salir vivo de esa orgía de sangre del neotrujillismo que encabezaba el parsimonioso Dr. Joaquín Balaguer.

Pero la híbrida dictadura balaguerista montó en cólera con la llegada del Coronel de Abril Francisco Alberto Caamaño Deño en febrero del 1973 en su desembarco expedicionario por Playa Caracoles y la orden de matar a Peña Gómez al que se consideraba cómplice de tal acción, era de obligatorio cumplimiento por las fuerzas policiales y militares que lo buscaron con ahínco en todas las demarcaciones, pero que no le encontraron al entrar este a la clandestinidad, siendo resguardado por la reconocida y notable pareja de Don Caonabo Fernández Naranjo y Doña Nilda Socias, su compañera, los que arriesgaron sus vidas para ocultar en su casa a mi padre. Meses hubo de pasar él en la misma hasta que se calmara el régimen y el Dr. Peña Gómez, a la sazón secretario general del PRD, pudiese salir de su escondite.

Pero las acciones persecutorias del régimen no cesaron, se mantuvieron hasta llegar a prohibirle hablar por radio y televisión el 11 de julio de 1974 hasta el año 1976 y, aunque había sido clausurado en anteriores ocasiones el programa Tribuna Democrática, órgano oficial del PRD, esta larga y arbitraria decisión solo buscaba silenciar la voz más escuchada y admirada por el pueblo, para tratar de mantener el reformismo en el poder más allá de las elecciones del 1978.

Hacer campaña en esos terribles doce años era un acto supremo de valentía porque el aparato militar represivo balaguerista usaba todo su poder para acallar a todo aquel que se oponía a los desmanes del gobierno. Las caravanas de mi padre eran recibidas a tiros y fueron varias veces apresados él y los dirigentes que lo acompañaban por uno que otro cacique militar que entorpecía y violaba con su antidemocrática acción los derechos políticos de la oposición.

Mi padre era un hombre de paz, un santurrón, pero la situación de la época lo obligaba a tener un cordón de seguridad permanente de arrojados hombres del pueblo y combatientes en la revolución que pusieron sus pechos para resguardarle. Fueron decenas los tiroteos a las marchas y caminatas del PRD, pero impertérrito, José Francisco Peña Gómez no se arredraba ante nada, porque su reconocida osadía le hizo jugársela vida en innumerables ocasiones.

Creíamos que la llegada de la democracia en el año 1978 por fin terminaría con toda una vida de crispación y acechanzas, pero no fue precisamente así, porque se urdieron después todo tipo de planes para matar a mi padre, incluyendo aquel día en el propio gobierno de Don Antonio Guzmán, cuando militares ocuparon la casa de su íntimo amigo César Roque. No se sabe con qué inconfesable intención, solo que por cosas del señor o de la providencia, mi padre había salido de la misma hacía pocos minutos.

Tristemente, me he dado cuenta de que la lucha por el poder no tiene compañeros, ni amigos, ni familia, y que hay gente dispuesta a todo por llegar o preservar el mismo. El líder dio una muestra de su desinterés patriótico porque prefirió mil veces no llegar a la Presidencia antes de llamar a otra asonada como la que le dio inicio a la revolución del año 1965.

Pero su arrojo, solidaridad y firmeza no se limitó a esta media isla; luchó incansablemente contra oprobiosas dictaduras en el mundo entero, acompañando e involucrándose en la defensa de sus compañeros de lucha en otras latitudes. Usó sus amplísimas relaciones internacionales para proteger a dirigentes, a gestionar recursos económicos y hasta armas para ayudar a llevar la democracia y la libertad a otras naciones.

Mi padre era un auténtico internacionalista, un ciudadano del mundo, y gozaba del respeto, de la admiración, del cariño del liderazgo político progresista en los cinco continentes; su voz siempre estuvo en favor de las mejores causas y nunca traicionó sus principios.

Cuando llegué a Cambita la noche del 10 de mayo hace 28 años y me desmonté del vehículo, sabía que Papá ya había partido de este mundo. Sentí como su alma volaba hacia el mundo de lo ignoto, pero vi que iba sonreído con esa expresión casi infantil propia de su proverbial bonhomía; iba contento, sabedor de que, aunque sus restos yacerían en la tierra que le vio nacer, él estaría más que vivo en la conciencia de la República, en el corazón de un pueblo agradecido y en la historia porque entraría a la inmortalidad.

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