Donald Trump ha manifestado que el aspirante a la presidencia, Ted Cruz, no es ciudadano natural o nacido en Estados unidos, sino en Canada, que a Jeb Busch le falta energía y entusiasmo, que Marco Rubio es un muñeco manejable, que Bernie Sanders es un maniático, que Hillary Clinton ha sido la peor secretaria de la historia.
Si el señor Trump, que no posee afiliación política que no sea la del Tea Party o globalización, puede aspirar a la presidencia de Estados Unidos, demuestra que la Constitución del más adelantado imperio del planeta presenta fisuras, donde un partido pudiera secuestrar al otro apoyado en el poder económico y un actor del espectáculo público pudiera convertirse en presidente.
Un país no es un negocio de multiplicar las ganancias, sino de distribuirlas equitativamente. Tampoco es una pieza del teatro bufo, donde un actor incrimina a todos en escena.
Los que poseen derecho al voto en Estados Unidos no comprenden, al parecer, de acuerdo a las encuestas, que un aspirante a la presidencia de cualquier país, no es aquel que más sepa manipular a la opinión pública, sino aquel que con más sobriedad y disciplina presente un proyecto de gobierno juicioso de acuerdo a las circunstancias.
Los Estados Unidos pueden caer en la cuerda floja en que se encuentran y resbalar hacia el caos y la desintegración como cultura dominante.
El psicoanalista Howard Gardner diagnostica a Trump como sobresaliente narcisista que consiste en degradar a las personas y no sentir remordimiento por ello.
El narcisismo de los emperadores romanos constituyó el tendón de Aquíles que causó la caída del imperio. La historia no sólo se repite, se transgrede de una civilización a otra. Basta dirigir una mirada al espejo del pasado de donde provenimos.
Los ataques personales de Donald Trump a los aspirantes de sus propias aspiraciones están lejos de los sentimientos de solidaridad y humanismo que prevaleció en los pobladores del Mayflower.
Su falta de experiencia en política exterior resulta otra razón preocupante, sus reacciones xenofóbicas, su narcisismo extremo, su inmadurez de niño insolente.
El pueblo estadounidense demuestra su angustia, heredada del pésimo gobierno de Barack Obama, quieren un presidente que salve al país de la debacle económica, el descrédito, la inseguridad y el caos.
Trump, que se precia de afirmar.» Soy un tipo inteligente, soy un buen tipo» , parece ser la trampa del resbaladero en que puede caer la nación.
Desafortunadamente, la historia nos demuestra, que los pueblos son vulnerables a la magia de la persuasión y la propaganda, de los que prometen y luego no cumplen lo prometido.
Esperemos que los que votan en New Hampshire, Iowa, Ohio, estados más influyentes, puedan dirigir a la nación por el camino más propicio en cuanto a la elección de un gobierno que preserve el respeto hacia la dignidad humana, la búsqueda insoslayable de la paz y la defensa de nuestro diezmado planeta.
Crucemos los dedos y asomémonos a las sabias palabras de Eclesiastés 3; 15. «Aquello que pasó ya es. Lo que ha de ser fue ya. Y Dios restaurará lo que pasó. A lo que que habría que añadir., que no sea Donald Trump quien lo restaure. ¡ Que Dios nos libre!
jpm


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