Cada vez que un sacerdote o pastor es acusado de abuso sexual infantil se estremecen todos los sectores de una sociedad; ateos y creyentes condenan el hecho por igual.
Si además ocurre asesinato, la ira del pueblo se enciende contra el “perverso asesino” que cometió doble acto criminal. Es cierto. Nadie esperaría que alguien dedicado a Dios albergue en su cerebro tales desviaciones conductuales.
Sin embargo, la mayoría ignora que la pederastia (sexo con menores de edad) no respeta sotanas, púlpitos, lazos sanguíneos ni relación amistosa. La cometen personas que resultan confiables para las víctimas. Rara vez el perpetrador es un desconocido. Por eso, pasa desapercibida hasta que la denuncian.
Se trata de una atracción irracional que no puede ser frenada por razonamientos ni discursos moralistas o éticos. El deseo sexual por niños se instala a temprana edad en el cerebro del depredador. Solo esperará el momento idóneo para atacar a su víctima.
Cabe destacar que todo lo relacionado con la sexualidad humana pertenece al “oscuro mundo” de lo instintivo, donde no hay razón ni cordura. Ese aspecto de la personalidad humana solo entiende de límites, controles prohibitivos y represivos que empiezan en la familia, continúan en la escuela y se refuerzan en la iglesia o instituciones afines. Esas tres son las responsables de la socialización de las personas. Inculcan las reglas y los valores éticos y morales que definen a una sociedad.
Ahora bien, los signos y señales de pederastia no son repentinos. Siempre hay indicios de que algo anda mal. Tanto en la víctima como en el victimario. Abundan miradas, muestras de afecto excesivo o deficiente que sirven de alertas.
No es normal que un sacerdote o pastor quiera estar a solas con uno o varios niños.Tampoco padres que lo permitan. A menos que sean descuidados o consientan el hecho, voluntariamente o no. Lo mismo ocurre en las iglesias. Los superiores reconocen al “pastor desviado”, con o sin su apoyo.
Así las cosas, conviene tomar medidas drásticas: inculcar en los niños el autocuidado, enseñarles a decir “no me toques” desde que aprenden a hablar. Hacerlos corresponsables de su seguridad, ya que familia e iglesia han descuidado su rol protector.
¿Apostaremos a la escuela? Quizás. Aunque ésta devolverá a las familias lo que de ellas salió.


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