La delincuencia tiene que ser enfrentada con puño de hierro. La ola de robos, atracos y violaciones no puede ser detenida con poesías. Tiene que haber un accionar fuerte, vertical de las autoridades. Desgraciadamente, la respuesta a la delincuencia tiene que ser de acuerdo al daño que ocasiona.
El país no puede estar bajo el manto de la violencia; la sangre y la muerte llegan por doquier. Las cárceles están llenas de los violadores a la tranquilidad, al patrimonio y a la vida de los ciudadanos-. Los derechos humanos defienden al indefenso, pero en ocasiones se les va la mano y se inclina mucho hacia el delincuente.
Pero sin ánimo de molestar a nadie, hay que defender la integridad física de cualquier ciudadano, y no se le puede molestar o quitar sus derechos, por simple sospechosas, o acusaciones hechas por partes interesadas.
Solo un juez en un juicio oral, público y contradictorio está en capacidad de condenar o poner en libertad al implicado en un hecho de sangre. En el intercambio de disparos hay la idea de que cometi el delito, pero no fue a un juzgado para ser acusado y defenderse. Tienen que haber comisiones de derechos humanos para defender a las víctimas. El que sale herido de gravedad, o le llevan sus pertenencias en cualquier esquina, está desprotegido. Nadie le auxilia. Y en ocasiones las mismas autoridades lo desdeñan.
Los tribunales en ocasiones no tienen suficiente capacidad para enjuiciar rápidamente a los acusados de cometer delitos varios. La justicia alargada eternamente, es una injusticia, para la víctima, y un descanso para el victimario, el agresor.
Vemos hoy necesaria la utilización del puño de hierro, sin estar forrado de seda. Es bueno aclarar que siempre hemos dicho que el puño duro no lo es todo en la lucha contra el crimen. Tienen que haber medidas de corte social, que vayan dirigidas a reducir los índices de miseria social.
Si vemos la violencia y la exclusión de las escuelas dominicanas, no hay la menor de las dudas que se está pisando un círculo de muerte y sangre. La falta de oportunidades en la vida, y el deseo loco y enfermizo de trascender a como dé lugar, son los sínt0mas primigenios del soldado del crimen.
Que se implementen en el acto esas medidas sociales, para ir garantizando el camino con futuro y mejoría comunitaria. Si todo luce cerrado y sin oportunidades, la disconformidad social no será, como en los años 70, llamando a la revolución que toca las puertas.
Que todos los segmentos nacionales tomen nota de que a lo agentes de la violencia actual, solo se les gana enviándolos tras los batidores, o que caigan en un intercambio de disparos. En el país no hay pena de muerte, pero estamos en la hora de las definiciones. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

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