Padres y madres, fábricas de dinero, de gustos para sus hijos, modo de compensar lo que la vida no les dio en su infancia o afanosos de replicar en sus crías la niñez de lujo en la que crecieron.
Unos trajinan entre horarios de oficina, de reuniones, de planificaciones, a otros la existencia les ve desgastarse en trabajos duros y pocos remunerados.
Todos tienen el mimo norte, dar lo mejor a su familia y en la consecución de ese objetivo muchos olvidan que la razón de ser de ese esfuerzo está cada vez carenciada, más necesitada de afecto, de patrones a seguir.
Esos vástagos por los que son capaces de dejar el pellejo en una exhaustiva jornada necesitan más de una imagen que les evite ir detrás de falsos ídolos que les incitan a despojarse de sí mismos y pasar a marionetas.
Poco importa el juguete caro si los padres y madres no tienen tiempo para jugar con sus hijos. De qué vale suplir sus antojos si cuando necesitan oídos, hombros y brazos, sus progenitores están demasiados cansados.
Hace rato, mucho rato que es hora de repensar qué es lo que entregamos a la sociedad cuando las prisas frenan el abrazo, la palabra anhelada, el espaldarazo en los momentos cruciales.
¿Nuestro aporte será entes huecos, carentes de capacidad de entrega, de solidaridad, seres amargados, que rumian su desventurada y en revancha destrozan las vidas de sus semejantes? Cuidado.


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