Hacerlo todo desde, por y para el amor

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EL AUTOR es investigador y agroempresario. Reside en Santo Domingo.

No importa si hay un sol radiante. No importa si está totalmente nublado. No importa si están cayendo lluvias torrenciales acompañadas de truenos, rayos y centellas. Cada día que inicia para mí promete ser el escenario de una difícil batalla donde se define quién en verdad soy, en qué y en quién de verdad creo: la batalla de la fe.

Robustecido por la presencia del Padre que se ha hecho realidad en un profundo abrazo, la presencia del Hijo que se ha hecho sentir mediante La Palabra y la presencia del Espíritu Santo que ha instalado al Hijo vivo y resucitado en mi corazón, me atrevo a dar el primer paso: voy hacia la guerra.

Mi campo de batalla está bien definido, bien delimitado, y se divide en cuatro espacios, cuatro tipos de entornos, cuatro escenarios diferentes, cuatro campos de acción, cuatro espacios donde se desarrolla mi día, donde llevo a cabo mis actividades.

El Primero es el hogar, la familia; el segundo es el trabajo, la fábrica, oficina y compañeros de trabajo; el tercero, los amigos y la gente común con la que me relaciono, el prójimo; y por último, la calle, el tránsito, los centros comerciales, oficinas gubernamentales, etc.

Cada uno de esos campos de batalla tiene sus características bien definidas, y aunque el enemigo es el mismo, sus estrategias son diferentes. Sus capacidades, sus movimientos, sus tácticas, todo en cada uno de ellos es diferente, tan diferente, que al final termina cansado, extenuado, casi rendido, pero vivo y dispuesto a seguir: se emprende la retirada para descansar y recargar fuerzas.

La familia, en mi caso hablo de la familia troncal: Esposa, esposo e hijos.  Yo soy el esposo, y de lo que se trata en esta singular batalla, no es de ganar, respecto a los demás miembros de la familia, sino de ganar, logrando  cada día mantener la unidad en la diversidad, la alegría en medio de las penas y la paz en medio de los problemas.

La familia es un campo de batalla en el cual se lucha contra un enemigo común a todos. Sin embargo, no es la lucha de los demás integrantes de la familia, es mi lucha, la batalla no es con mi esposa y con mis hijos, sino por mi esposa y por mis hijos, mi objetivo no es ganar yo, sino que ganen ellos.

Los actores que ese “enemigo” utiliza  como soldados, que a veces confundimos con el enemigo, son: los medios modernos de comunicación: Televisión, que ahora es igual que una computadora, conectada a las redes sociales como la internet, radio, teléfonos móviles, por citar algunos.

Otro actor que vemos como enemigo en ese campo de batalla que identificamos como La Familia,  son las nuevas ideologías que apuntan a su destrucción, como la ideología de género. También la tendencia a desvalorizar la vida, como por ejemplo la promoción y legalización del aborto, entre otros.

El trabajo, es uno de los más difíciles campos de batalla. Es ese campo de batalla donde el enemigo se vale de múltiples, sutiles y difíciles artimañas para hacerte sucumbir y vencerte.  Recuerden que el enemigo es uno y es común a todos los campos de batalla.

Al igual que en la familia, en el trabajo no se lucha contra los compañeros de trabajo y colegas, ellos no son el enemigo, al contrario se lucha a favor de los compañeros de trabajo y colegas.  La lucha no es para ganarles a ellos, sino para que ellos ganen. Sin embargo, la lucha no es de ellos, sino mía.

En el caso de quien escribe este artículo, la lucha es más cruenta y tenaz, pues se trata de una persona que tiene poder sobre todos los que trabajan en ese lugar, porque ostenta el máximo rango, la posición de mayor responsabilidad.

Actores que a veces confundimos con el enemigo en este campo de batalla, pero que no son el enemigo: dificultades económicas que tienen que ver con un debido flujo de caja y que afectan el normal desenvolvimiento de las actividades de la empresa.

Los diferentes temperamentos, culturas y nivel de educación de los empleados y colegas, también constituyen actores que confundimos con el enemigo. Así como dificultades para el logro de los objetivos que a veces se perciben como insuperables.

Los amigos y gente común con las que me relaciono. Es un campo de batalla más fácil de manejar. Allí los combates suelen ser menos mortales. Empero, con facilidad puedes perder la batalla si te dejas confundir por el “enemigo”.

Al igual que en los demás campos de batalla, el enemigo sigue siendo uno y el mismo. La lucha en este campo de batalla tampoco es contra los amigos o relacionados, contra el prójimo, sino a favor de ellos. Aquí la lucha no es para ganar yo, sino para que ganen ellos.

También en este campo de batalla el enemigo quiere confundirnos y hacernos creer que él es el amigo, utiliza actores para atacar, mientras que él se esconde. Algunos de esos actores: Exigencia de atención y otros tipos de exigencias, indiferencia frente a quien tiene necesidad, sentimientos negativos y falta de perdón en contra de quienes actúen haciéndote daño, entre otros.

La calle, el tránsito, los centros comerciales, oficinas gubernamentales, etc. constituyen un campo de batalla donde se libran combates muy difíciles de ganar. Es allí donde el enemigo tira a matar sin compasión. Un aspecto muy difícil para la lucha es que en este campo de batalla el enemigo no siempre se revela, no se visualiza tan fácilmente, se presenta camuflado.

Aquí como en los demás campos de batalla, el enemigo es el mismo y es uno. La lucha  no es contra los hermanos que protagonizan las diferentes actividades que se desarrollan en el mismo, sino, todo lo contrario, a favor de ellos, no es una lucha para ganar yo, sino para que ganen ellos.

Loa actores que usa el enemigo para no revelarse en la lucha son los siguientes: La violencia, la violación de toda norma y ley (principalmente en el transito) la falta de cortesía; la cara de estatua de museo que ponen los servidores en algunos lugares; la indiferencia ante el dolor y la necesidad de las personas y la falta de alegría y cortesía.

Al despertar y levantarme cada mañana, salgo a librar “mi guerra”, es una lucha sin tregua que se va desarrollando en batallas consecutivas en cada campo predefinido. En esta lucha me revelo, me defino y me redefino en cada momento.

El  “enemigo” soy yo mismo, mi propio yo, mi egoísmo, que me consume y me combate permanentemente y sin compasión. Esta guerra me lleva a la muerte o a la vida, a conocerme de verdad, a saber quién  soy y en quién creo, y cada batalla que gano o pierdo en ella es la batalla de la fe.

Porque en esta guerra he conocido la verdad, aquella que no depende de nada ni de nadie, la verdad inmutable. También conocí el camino y la vida, esa que no se agota, que es eterna. Y esa verdad que es vida eterna se revela en el amor, o mejor dicho es el amor mismo.  Y en esta “guerra” puedo vencer cada batalla solamente cuando logro hacerlo todo desde, por y para ese amor.

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