Un buen amigo me advirtió que en cinco años no habrá prensa escrita sobre papel, porque sería sustituida de manera definitiva por el periodismo digital, lo que parece tener sentido, aunque quizás no a la brevedad de un lustro, razón por la cual hoy recuerdo los días cuando los periodistas fuimos felices e indocumentados.
Mi generación ingresó al periodismo a finales de la década de los 70s, pocos años después del asesinato de Orlando Martinez y de cuando el carro Lada de Juan Bolívar Díaz estalló en mil pedazo frente a su casa, en la calle La Trinitaria, de San Carlos. Quienes colocaron esa bomba creyeron que explosionaría con él adentro.
Desde la universidad, Hector Tineo, Julio Alberto Guerrero y yo ingresamos al Noticiario Antillas, juntos a Feliz Reyna, Carmen Luz Beato y Pascual de la Rosa, que al igual que yo tenían el uniforme de bisoños, pero también un gran respeto por la profesión y desbordante entusiasmo por ejercerla.
Eran los tiempos cuando el periodismo radial superaba en influencia al escrito y al televisado, con noticiarios como “Radio Mil Informando”, “Noti-Tiempo”, de Radio Comercial, Noticiario Cristal, Informativo Nacional, de Radio ABC, el de Radio Continental, Radio Universal y después, Noticiario Popular, entre otros.
Tineo, Félix y yo, junto a Teo Veras inauguramos el noticiario de Radio Universal, una emisora de mucho alcance que estrenó para esos fines la frecuencia FM, mientras las demás operaban en Amplitud Modulada (AM). Recuerdo que cubrimos de manera muy amplia, el retorno al país del presidente Joaquin Balaguer, desalojado del Poder en 1978.
Son inolvidables mis años en Radio Comercial, donde mis labores se iniciaban a las 5:30 de la madrugada en jornadas diarias con permanente riesgo para todos de perder la vida, como aquella noche cuando Marcelino Vega y yo quedamos en medio del fuego cruzado entre bombazos de la policía y piedra de los estudiantes de la UASD.
Al concluir nuestro trabajo, el talentoso reportero de “La Noticia”, me aconsejó cuidarme “porque no deseo beber café en tu funeral”, al otro día, mi amigo y colega sufrió el impacto de un balazo de fusil en el corazón, y de camino a la muerte solo atinó a exclamar “cono, Valentín, me mataron”. Vi su cadáver en la morgue del hospital Moscoso Puello, y entre lágrimas recordé su consejo de la noche anterior.
Las transmisiones en vivo o en directo colocaban al periodista en el mismo teatro de las manifestaciones estudiantiles o barriales y los convertían en testigos de la represión policial y militar, así como de la obligación de contar los muertos y los heridos.
Los periodistas fuimos relativamente felices, porque la mayoría nos involucramos en la actividad política sin dañar el compromiso ético de informar con estricto apego a la ética, sin aceptar convertirnos en venduteros de conciencia, porque orgullosamente los fogones de nuestras casas se encendían con el fruto único del trabajo.
Estos son otros tiempos, pero no deberíamos olvidar que tarde o temprano tendremos todos que rendir cuenta ante nuestros hijos y generaciones posteriores por lo que hicimos o dejamos de hacer en tiempos pasados o presentes.


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