En La Victoria

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EL AUTOR es periodista. Reside en Nueva York

En Latinoamérica, los gobiernos abusadores y opresores, además de atropellar, excluir, y cercenar la libertad de expresión; también trastornan  la siquis y hasta dejan huellas funestas y estelas de malos hábitos. 

  Siendo aún menor, fui apresado y encerrado en las ergástulas de un lugar que, aunque con un nombre muy peculiar que denota triunfo, era un antro horripilante y aterrador recinto con el mismo nombre de la comunidad en que está instalado: La Victoria. 

 ¡Carne fresca, carne fresca! Vociferaban una y otra vez individuos con cara de pocos amigos cuando vieron que penetraba al recinto carcelario, aferrados a los barrotes de las celdas, muchos con el torso desnudo. Era un imberbe que apenas contaba con 16 o 17 años. 

 Cada vez que oigo hablar sobre aquél infierno, suelo estremecerme y sentir escalofrío al retornar a mi memoria aquel funesto episodio de mi ingenua adolescencia.  Aunque llegué protegido por militantes de izquierda, fue durante ese encierro; deprimido todo el tiempo; lleno de miedo y aterrado, que me habitué al tabaquismo. 

  Podría decir, sin ser tremendista ni irresponsable que fue debido al consumo cigarrillos-tal vez también penetré a otra realidad-que, paulatinamente, fui abandonando las actividades del canto y mi voz fue menguando. Además de que fui severamente golpeado y mi rostro salió fotografiado en primera plana del vespertino El Nacional. Pero, en  resumidas cuentas, también porque el apresamiento y abusos contra un menor, es siempre traumático. 

  Aún luego de ser liberado, contando con la defensa de los abogados, Hilda Gautreaux y Roberto Peña Frómeta, éste último por parte de mí padre; siempre creí que estaba siendo perseguido. Sin embargo, puedo decir que hube de darme cuenta de quiénes realmente eran los hombres de izquierda de esa época. 

  Fue entonces, cuando de algún modo, me involucré con los militantes izquierdistas.  Con más madurez y cierta conciencia, fui detenido en otras ocasiones pero tuve la suerte de que, por el “camuflaje” fruto de las actividades musicales, las detenciones no se repetían con frecuencia, y no caí en mayores desgracias. 

         Roberto Félix Batista 

  Siempre recordaré al desaparecido izquierdista que llevaba el nombre de este subtítulo.  De alguna manera uno de los presos comunes, de aquellos degenerados que violan a menores, supo sobre mis actividades de adolescente y de quienes conformaban mi humilde hogar. 

  Resulta que algunos de éstos-por lo menos en ese tiempo-, te obsequiaban con comida-que no era el denominado “chao”-; habilitaban “exclusivos” dormitorios con colchones bien mullidos, que utilizaban como señuelo para conquistar, y luego violar a internos, como casi a modo eufemístico se dice ahora. Sobre todo, esto lo hacían con los que consideraban vulnerables y desamparados.  

  Si mal no recuerdo, a aquel lugar le llamaban “La góndola”. El degenerado de marras se me acercó y dijo que mi nombre era Fernandito, que era estudiante; era buen bolerista, y que conocía a mi madre, doña Juana y a mi hermano, Alfredito, o Maquiquí. No sé cómo había obtenido esos detalles pero lo cierto es, que fue la excusa para darme hospitalidad y luego hacerme su víctima sexual. 

  Roberto Félix Batista, militante en aquellos tiempos del Movimiento Popular Dominicano (MPD) y que al parecer ya tenía conocimientos de esas barbaridades, se nos acercó; llamó a los demás compañeros de izquierda, y les advirtió sobre la situación. 

   Fue entonces que me advirtieron de qué se trataba aquella amabilidad. Debía cuidarme y ser menos comunicativo y amistoso. Me rescataron y llevaron a la celda ocho, que era la de los políticos. Siempre recordaré a Roberto, ido a destiempo. Lo vi por última vez en el local de la institución que antes se denominaba Asociación Médica Dominicana (AMD); él ejerciendo la medicina y yo haciendo de reportero.

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