Tres amigos se han dado a la hermosa tarea de rescatar del tiempo aquellos años en los que me llamaban el dandi. Lo hacen con afecto, quizá para devolverme, por un instante, la imagen de aquel joven que dedicaba a su apariencia física más atención que a casi cualquier otra cosa.
Soy consciente de mis limitaciones actuales. Hoy tengo setenta años y han transcurrido varias décadas desde aquella época. El tiempo ha cambiado mi rostro, mi cuerpo y también mis prioridades. Sin embargo, cuando personas muy queridas —entre ellas, entrañables amigos— vuelven a llamarme dandi, la palabra no me resulta desagradable. Por el contrario, me suena a reconocimiento y a cariño.
La razón es sencilla: ser dandi no significa únicamente vestir con elegancia. También alude a quien cuida las formas, los gestos, el lenguaje y la manera de relacionarse con los demás. La verdadera elegancia no reside solamente en un traje bien cortado, sino en la delicadeza con que tratamos a las personas, en saber escuchar, agradecer, pedir permiso y expresar una diferencia sin convertirla en una ofensa.
Vivimos en una época de extraordinarios avances, pero también de prisas, estridencias y descuidos. Con frecuencia se confunde la espontaneidad con la descortesía, la franqueza con la agresión y la libertad con el derecho a ignorar la dignidad ajena.
En las conversaciones cotidianas, en las redes sociales y hasta en la vida pública, las buenas maneras parecen pertenecer a un mundo antiguo que algunos consideran innecesario.
No lo creo así. Las formas no son una máscara vacía ni una señal de debilidad. Son el cauce que permite que nuestras ideas, incluso las más firmes, lleguen a los demás sin herirlos innecesariamente. Son una manifestación de respeto y, en muchos casos, una forma silenciosa de bondad. Una sociedad que pierde la cortesía corre el riesgo de convertir cada desacuerdo en un enfrentamiento y cada diferencia en una enemistad.
Por eso agradezco que mis amigos me llamen dandi. Más allá de la evocación de la juventud, esa palabra me recuerda algo en lo que todavía creo: debemos devolverles importancia a la educación, la mesura, la elegancia y las buenas formas.
Tal vez no podamos detener el paso de los años, pero sí podemos decidir cómo atravesarlos. Y si ser dandi significa conservar el respeto por uno mismo y por los demás, entonces acepto el nombre con gratitud y hasta con un poco de orgullo.
jpm-am


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Caray, pensé que ibas a hacer un tratado de buenas maneras que tanta falta nos hace, me sorprende que te hayas ido por la ramasfrívola, tocando cualidades tuyas que al fin y al cabo no importa para nada.