El Ministro de Educación y los cristianos fundamentalistas

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Parece que la rueda de la historia dio un vuelco brusco hacia atrás y de repente nos encontramos en los tiempos más oscuros de la Edad Media. Aquellos tiempos de las verdades absolutas, las imposiciones dogmaticas, la cacería de bruja y la muerte en la hoguera por delitos religiosos, como castigo a los herejes que disentían de las santas creencias cristianas.

Yo creía que, por lo menos, en nuestro contexto, que vivía en una época muy distinta a la del fanatismo religioso, llevado a los grados más extremos de la intolerancia. Yo pensaba que la Inquisición medieval era cosa de un pasado cruel felizmente superado. Pero no es así.

Ahora tenemos inquisidores de nuevo tipo que por los mismos motivos oscurantistas quieren sacrificar en la hoguera mediática al ministro de Educación Antonio Peña Mirabal, quien en una actitud muy equilibrada y de respeto a las demás creencias (no necesariamente el vudú, puede ser el ateísmo, el budismo, panteísmo, etc.), dijo que no se podía imponer la obligatoriedad de la lectura bíblica en las escuelas.

Y de verdad, le asiste mucho la razón, ya que dicha práctica por sí misma justificaría la violación o incumplimiento de otras normas civiles de categoría socio-jurídica generalmente aceptadas.

Creo de verdad, que el funcionario no se opone en sí a la lectura de la Biblia en las escuelas, sino que desde una posición justa, equidistante y comedida, quiere que se respete el derecho de cada quien a creer en lo que quiere y no creer en lo que no quiere. Pero resulta que gente como la del Partido Dominicanos por el Cambio (DXC), está demandando que la Cámara de Diputados interpele al susodicho ministro por defender la libertad de cultos que establece la Constitución. Vaya qué demócratas nos gastamos.

Normalmente, cuando hablamos de fundamentalistas nos vienen a la memoria los profesantes del islamismo, sin tener en cuenta que, quizá dentro del cristianismo hay más fundamentalistas que entre los islamistas. Cristianos que están dispuestos a satanizar, a exiliar y excluir a todo el que no esté de acuerdo con sus preceptos religiosos.

El Ministerio de Educación no está para erigirse en organismo sectario, rector de las creencias que libremente deben elegir los dominicanos. No debe ser una extensión ni un apéndice de ninguna iglesia, esa no es su misión, so pena de apartarse de los fundamentos de su verdadera esencia institucional, como son la enseñanza, el espíritu crítico y uso de instrumentos, recursos, ciencias o técnicas que faciliten el conocimiento, sin partir de ningún concepto absoluto, reduccionista o preconcebido.

El ministro de Educación, a quien nunca he visto, al dejar la religión fuera de las aulas y centrarse solo en la buena formación académica, se coloca por encima de quienes solo ven la realidad en blanco y negro, ignorando que la vida es un fenómeno multicolor en lo social, en lo político, en lo religioso, en lo filosófico y en lo científico.

La educación, que se apoya mucho en la ciencia y en el conocimiento para llegar y establecer la verdad a través de la experimentación, el análisis y la comprobación, va a contracorriente de la fe ciega y el dogma de las religiones.

Por eso, no se puede ligar lo académico con lo religioso, y el ministro de la cartera educativa lo sabe bien, y actuó correctamente en base a estas premisas.

También por eso, felicito su valentía al asumir una posición que no es públicamente popular, sobre todo, frente a quienes buscan imponer sus creencias de forma dogmática e incluso agresiva y violenta frente a cualquier crítica o creencia alternativa. Se trata de una postura que va en consonancia con los avances sociopolíticos en relación a derechos y libertades que están por encima de las consideraciones religiosas.

 

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