El gran dilema de la corrupción administrativa

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AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo.

La corrupción administrativa se considera hoy día uno de los más serios
problemas de la sociedad, capaz de socavar y corroer todos los estamentos
sociales y traspasar todas las fronteras, hasta constituirse en un grave flagelo
mundial, manifestándose, cada día más, con nuevas modalidades asociadas al
crimen organizado, los avances tecnológicos, la economía y la globalización.

Actualmente en muchos países, sobre todo en Latinoamérica, la corrupción es
vista como un asunto que merece urgente atención.

Las altas esferas de la política y los negocios a lo largo y ancho del mundo se han visto afectadas por graves escándalos de soborno, malversación,
extorsión, entre otros delitos y crímenes que afectan la cosa pública.
Aunque se han venido desarrollando múltiples acciones para luchar en contra
de ella, a decir verdad, cada día más el fenómeno de la corrupción ha venido
adquiriendo dimensiones alarmantes.

Permanentemente se viven realizando en todo el mundo reuniones, foros y conferencias de académicos, funcionarios, políticos y hombres de negocios
para estudiar y buscar mecanismos para combatir el flagelo.
Paralelamente desde las diferentes instancias que conforman la  sociedad
civil se han multiplicado las denuncias, protestas y reclamos en contra de la
corrupción.

Independientemente de todos esos esfuerzos que se vienen realizando a los fines de afrontar con éxitos el fenómeno de la corrupción, casi siempre se deja de lado un elemento fundamental para los propósitos señalados y que ha
venido a constituirse, transcurrido el tiempo, en el gran dilema de la
corrupción administrativa: una sociedad que ataca la corrupción, critica a los
corruptos, reclama mayor transparencia en la gestión pública, pero a la vez,
tolera, se aprovecha, se beneficia y a veces promueve ella misma la corrupción
en la Administración Pública.

“No hay corrupto sin corruptor”……”Si nadie pagara, el corrupto dejaría de
pedir”, reza un viejo adagio.

Ese hecho nos da a entender entonces que el tema hay que abordarlo
necesariamente desde otra perspectiva…considerando que el mismo adquiere
dimensiones sociales y culturales de mucha relevancia.

Muchas veces pienso que ponemos la mira en el blanco incorrecto, y nos
cansamos de diseñar, desarrollar e implementar herramientas dirigidas a
combatir la corrupción en la Administración Pública, y a decir verdad, los
resultados a favor son ampliamente desproporcionales a los esfuerzos que se
realizan para tales fines.

Hay que abordar el tema de la corrupción desde su origen. En el seno mismo de la sociedad. En la familia, en la escuela (sobre todo en los niveles básicos e intermedios), contribuyendo por todas las vías posibles a la construcción de una sociedad sustentada en valores.

Una de las razones fundamentales por la cual las estrategias anticorrupción no han tenido resultados positivos se debe, en buena parte, a la falta de un
elemento fundamental en la vida de todo país: una cultura social en donde
prevalezcan por sobre todas las cosas los valores éticos y morales en las
relaciones y comportamientos de los ciudadanos.

Cuando vemos los rankings internacionales sobre niveles de corrupción, los países que mejor posicionado están no necesariamente son aquellos que
implementan mayores mecanismos de control y transparencia en la cosa
pública, ni tampoco aquellos que aplican sanciones severas (hasta pena de
muerte) por prácticas corruptas, sino aquellos en donde prevalezcan en el seno
de la sociedad, y a todos los niveles, la ética, la honestidad, la honradez, entre
otros valores.

Según un artículo en The Times of India: «La aceptación de la corrupción por parte de la sociedad como un hecho común y el desaliento generalizado debe
ser lo primero que se debe enfrentar»

Algunas de las soluciones se encuentran dentro de la misma sociedad, por ejemplo, la necesidad de cambiar la apatía o tolerancia pública con respecto a la corrupción.

De esta manera, todo intento de establecer una estrategia contra la corrupción que no incluya a todos los estamentos de la sociedad (familias, escuelas, universidades, iglesias, clubes, juntas de vecinos, empresas, sindicatos) está ignorando la parte neurálgica del problema y al mismo tiempo a una de las herramientas disponibles más útiles y poderosas para atacarlo.

De hecho, en muchos países donde la corrupción predomina, la sociedad civil es débil, apática o se encuentra en las primeras etapas de movilización y
organización. Pero de ninguna manera éstas son razones para ignorar el papel
que está llamada a jugar la sociedad en el desarrollo de una estrategia contra
la corrupción.

Sin dejar de lado los esfuerzos que se vienen dando en procura de desarrollar las capacidades institucionales para prevenir, combatir y erradicar la
corrupción, debe procurarse, como forma de atacar el mal desde su origen,
una transformación cultural de toda una sociedad, inculcando valores
ciudadanos desde las primeras etapas del desarrollo humano y un
involucramiento pleno de todos los estamentos de la sociedad, mostrando
siempre un espíritu de responsabilidad y desprendimiento, pensando ya en las
futuras generaciones que nos sucederán.

Solo así extirparemos de raíz ese flagelo que ha venido corroyendo a nuestra sociedad durante siglos.

jpm-am

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