POR ROBERTO VERAS
Cuando el Imperio turco otomano bloqueó la histórica ruta comercial entre Europa y los países de Oriente, particularmente aquellos que controlaban el lucrativo comercio de la seda y las especias, Europa se vio obligada a buscar nuevas vías para sostener su economía y expansión.
Fue esa búsqueda desesperada por rutas alternativas lo que llevó a Cristóbal Colón a emprender un viaje que, sin saberlo, cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
Colón llegó a estas tierras, desconocidas para Europa, creyendo que había alcanzado las costas del legendario Cipango, como se conocía entonces a China y Japón.
Sin embargo, lo que encontró fue un continente nuevo, poblado por culturas originarias con formas de vida muy distintas, en total desconexión con el ritmo vertiginoso del Renacimiento europeo, que en ese momento impulsaba grandes avances en la navegación, la ciencia, la arquitectura y la agricultura.
Los pueblos originarios, y particularmente el pueblo taíno que habitaba gran parte del Caribe, vivían en armonía con la naturaleza y practicaban una agricultura sencilla, adaptada a sus necesidades y a su clima. No estaban acostumbrados a las faenas agrícolas intensivas ni a las exigencias de trabajo forzoso que los europeos intentaron imponer.
Este choque de modelos productivos y la brutalidad del sistema esclavista al que fueron sometidos, sumado a las enfermedades traídas desde Europa, provocaron una devastación demográfica sin precedentes. La población taína comenzó a disminuir de forma acelerada y dolorosa, casi hasta desaparecer en apenas unas décadas.
Los europeos, que venían con una mentalidad de expansión, explotación y acumulación de riquezas, encontraron en estos pueblos lo que consideraron mano de obra, sin entender —o sin importarles— que estaban destruyendo culturas enteras, formas de vida, lenguas y conocimientos ancestrales que hasta hoy lamentamos haber perdido.
Este episodio, más allá de ser contado como un simple «descubrimiento», debe ser revisado desde una perspectiva más humana y crítica. Para Europa, fue una expansión comercial y territorial; para los taínos y otros pueblos originarios, fue el inicio de una tragedia histórica.
Hoy, tantos siglos después, este recuerdo nos invita a valorar las diferencias culturales, a rescatar y proteger el conocimiento ancestral y a rechazar cualquier modelo que pretenda medir el progreso humano solo desde la óptica de la superioridad tecnológica o militar. Cada cultura, cada pueblo, cada forma de vida tiene un valor incalculable para la humanidad.
El respeto, la empatía y la conservación de las raíces deben ser pilares en la construcción de nuestras sociedades actuales. Lo que sucedió con los taínos no debe ser olvidado, ni mucho menos repetido bajo nuevas formas de dominación cultural o económica.
Este episodio colonizador, narrado durante el Renacimiento europeo, puede verse como una contradicción histórica: mientras Europa celebraba avances técnicos y humanísticos, simultáneamente su expansión socavaba los derechos fundamentales de otros pueblos. Los taínos fueron víctimas de un choque de civilizaciones donde el progreso fue medido solo bajo parámetros eurocéntricos.
Exigencia
Hoy, este recuerdo histórico nos exige:
1) Valorar y respetar el conocimiento ancestral y las formas de vida de cada cultura.
2) Reconocer que el desarrollo humano no es uniforme ni exclusivo de una civilización.
3) Rechazar cualquier justificación del sometimiento cultural, tecnológico o militar como precio del «progreso».
La historia del pueblo taíno nos enseña que el progreso verdadero debe estar acompañado de justicia, empatía y preservación de la dignidad humana. Que lo sucedido no se olvide —y que no se repita bajo nuevos ropajes en nuestra era.
jpm-am


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