La relación entre democracia y educación es un tema que merece una profunda reflexión. Desde mi perspectiva, es imposible tener una verdadera democracia sin una educación de calidad. El simple hecho de realizar elecciones cada cuatro años no garantiza la existencia de una democracia genuina; afirmar lo contrario sería un sofisma.
La democracia, en su esencia, significa «el poder del pueblo». Esto es lo ideal, lo que debería ser. Sin embargo, al analizar más a fondo, es evidente que el poder real no reside en la ciudadanía, sino en otros actores que, mediante diversos medios, imponen sus voluntades. Aquí es donde debemos preguntarnos: ¿qué es realmente el poder? El poder es la capacidad de someter a otros a la propia voluntad, y este sometimiento puede lograrse de diversas maneras, dando origen a dos conceptos: el poder blando y el poder duro.
El poder blando (soft power) se refiere a la capacidad de una nación o persona de influir en otros a través de la persuasión, utilizando la cultura en el caso de los países, o, en el ámbito de los gobiernos respecto a la población, mediante la propaganda y la publicidad. El poder duro (hard power) por otro lado, implica el uso de la fuerza, ya sea militar o económica.
Para entender la relación entre educación y democracia, debemos reconocer que, si la democracia implica el «poder del pueblo», pero en la práctica los gobernantes someten a los ciudadanos a través de la propaganda, la publicidad, las políticas asistencialistas en tiempos de elecciones y el populismo, entonces, en realidad, el poder no reside en el pueblo.
La educación desempeña un rol fundamental en la construcción de una verdadera democracia. Una ciudadanía educada tiene la capacidad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto, y vota por quienes presentan propuestas sólidas y coherentes, no por aquellos que solo aparecen en tiempos de elecciones con promesas vacías o mediante campañas de propaganda engañosa.
Un pueblo que no cuenta con una educación de calidad es sumamente vulnerable, pues cae fácilmente en las garras de aquellos que no tienen buenas intenciones y que participan en la política exclusivamente para satisfacer sus intereses personales.
En conclusión, para que exista una democracia auténtica, es indispensable una educación robusta y accesible para todos. Solo así los ciudadanos podrán ejercer su poder de manera informada y crítica, asegurando que el verdadero poder del pueblo prevalezca.
jpm-am


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