Divagaciones de otro mundo

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EL AUTOR es. escritor y poeta. Reside en Santo Domingo

Son las siete en punto de la mañana de un sábado que promete ser cálido. Estoy acodado en el alféizar de la ventana de mi estudio contemplando la calle sola, vacía; ni un perro viralatas ni un gato barcino de esos grises o negros que tanto deambulan jodiendo, a veces, la paciencia.

En el residencial donde vivo diría que el tiempo se ha petrificado porque parece que los condómines han perdido el entusiasmo de levantarse temprano, recoger los diarios y desayunar, bajar a encender los vehículos o vestirse para salir a la calle. Y más tarde, cuando desde aquí o desde el balcón vea a los pocos transeúntes, he de comprobar que van con el rostro apagado, la mirada perdida y los pasos inciertos.

Muchos se han vuelto insomnes y pasan las horas leyendo, mirando la tv, conectados a la red o chequeando constantemente Facebook, Twitter o Instagram, inventando talvez y sin que lo sepan, la esperanza de encontrar alguna sorpresa, una buena nueva y no el torrente de noticias que nos cuentan fatalidades y desgracias que ya nos son colectivas y familiares

Se comprende porque estamos obligados a aceptarlo: el otro mundo, el de todas las libertades individuales, ya no existe y el mundo en el que ahora existimos, es radicalmente distinto al de nuestras costumbres. Los bullangueros y los bailadores, los bebedores de cerveza en los colmadones, los que comparten como fanáticos la ronda alrededor de la mesa de dominó, la novia que espera al novio que no podrá venir a la hora de costumbre, el niño que jugaba en el parque, ya sienten la fatal diferencia entre este mundo y el otro, pues después de las cinco de la tarde no se puede salir a la calle, las aglomeraciones están prohibidas a todas horas porque, evitándolas, es la única manera en que se puede romper la cadena de contagios para que el mundo no siga arrodillado ante un poderoso e invisible enemigo que actúa como si de una advertencia bíblica se tratara.

No hay jolgorio y no sabemos adónde han ido la sonrisa, la frente sin el ceño fruncido ni la alegría que siempre nos ha caracterizado, esa forma pachanguera de vivir, las carcajadas, la bachata o el pericio ripiao que se baila en la madrugada sobre el filo de un puñal, los besos y los abrazos expresando afectos, la cercanía de siempre. ¿Cómo no abrazar a los hijos, cómo no tenerlos cerca? El destino es cruel con frecuencia pero no siempre define y no debemos entregarnos.

(Indudablemente, ya el mundo no es el mismo. Empezó a cambiar radicalmente con los criminales y despiadados atentados a las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001, cuando apenas empezaba el milenio y que tanto luto y traumas sembraron con toda su estela de muertes.

Ahora, como si de una novela de Kafka se tratara (o del superlativo  García Márquez) un virus terrible y mortal va diezmando a la humanidad. Si fue por la sopa de murciélagos o la carne de perros y gatos u otros animales exóticos, ahora es harina de otro costal porque la realidad está golpeándonos con fuerza, terriblemente, sin compasión ni misericordia. Estamos jodidos, totalmente jodidos, y no tengo dudas de que esto va para largo.

Es una realidad que nos ha convertido en enigmas y en preguntas sin respuestas. La ignorancia no quiere comprender que para salir de estatragedia es necesario evitar aglomeraciones y multitudes, y es indispensable establecer restricciones que nos parecen odiosas o de mal gusto, pero que son la única solución en lo que la ciencia acierta. Es así, que nadie lo dude.

El mundo entero está en emergencia, aplicando duras y drásticas medidas, bajo toque de queda de hasta 24 horas; suspendidas las labores públicas porque el gobierno está prácticamente cerrado, sin docencia ni actividades comerciales, clausurados momentáneamente todos los centros de diversión y entretenimientos, los restaurantes, los foodtruck que ahora están tan de moda entre losjevitos y los viejos verdes, las que se han quedado para vestir santos y toda esa masa de empleados que salen abatidos y visiblemente cansados ahora al mediodía, que es el horario de salida de las pocas instituciones públicas que están laborando con un mínimo de personal esencial.

Pero también están cerrados los piano bar que tanto me atraen aún, los mismos que frecuentemente son abarrotados desde el atardecer, la hora violeta como lo calificó el Nobel T. S. Eliot en su Tierra Baldía, texto fundacional de la nueva poesía contemporánea. Esos happyhours casi medicinales, lugares de encuentros y desencuentros, desahogos y confesiones, a los que el hombre llega liberando el nudo de la corbata y arremangándose la camisa, suelto el humo gris en volutas del cigarrillo que cuelga sujetado entre los labios,  mientras la dama también recién salida de la oficina o de las universidadesy con cara de cansancio, acomoda la cartera y se descalza discretamente, protegida por la misma penumbra donde la mano furtiva busca lo que no se le ha perdido,son cosas en este presente ya imposibles.

Porque ya el mundo no es ni será el mismo, porque luchamos contra la ignorancia para vencer a un enemigo letal y nosotros tampoco somos los mismos, y con esto se cumple, masivamente, la sentencia de Neruda:  Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.Jamás iremos al mismo bar ni caminaremos por las mismas calles, la bachata, el bolero ni la balada tampoco serán iguales porque todo ha cambiado de repente, como diría Ren{e del Risco en El viento frío, ese emblemático libro de cultos que nos dejó antes de que a los treinta y seis años se lo tragara la ciudad que tanto amó y reinventó en su obra literaria y a la que tanto cantó.

Qué somos en estos días los seres humanos, sino una masa amorfa que, como en el poema de Rubén Darío existimos sin saber adónde vamos ni de dónde venimos.Nos queda, hasta el momento, el tiempo de leer, examinarnos en ese diálogo interior que es conversar con nosotros mismos, ver películas, reflexionar en la semana santa que ha comenzado, disfrutar cariños y afectos de hijos y esposas.

Nos queda ser optimistas, reinventarnos en lo posible, corregir cosas, administrar sentimientos, oír música, jugar con los hijos, preparar proyectos, soñar porque sin ilusión nada existe, sacar de donde no hay y comprender que ahora estamos en otro mundo.

Son, exactamente, las ocho menos veinte de un sábado ya tibio, y, agotado el vino del insomnio, me queda ahora dar las gracias a la fabulosa y excepcional amiga, de nombre continental, que de alguna manera me ha acompañado en el insomnio de estas divagaciones.

La ilusión no ha muerto.

reyesvasquez23@hotmail.com

JPM

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Maria Belén Chacón

Sencillamente hermoso. Me fascinó su manera poética de enfocar la crisis. Todo lo que dice es la terrible realidad que nos arropa.

El Hidalgo

¡ Excelente escritor y poeta, gracias mil por hacernos parte de un día en su maravillosa vida ! Que Dios lo proteja en estos días tan difíciles, junto a su mejor amiga continental hoy, mañana y siempre.