Amor y control

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EL AUTOR es escritor, analista social y comunicador. Reside en Santo Domingo.

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Por FRANK ORTEGA

El amor verdadero acompaña, respeta y libera. El control, en cambio, vigila, manipula y destruye.
Confundir una cosa con la otra ha sido el origen silencioso de muchas tragedias.

La creciente ola de feminicidios obliga a mirar más allá del hecho criminal y analizar las condiciones sociales, emocionales y culturales que muchas veces rodean estas tragedias.

No existe una sola causa ni un perfil único, pero sí patrones que se repiten con frecuencia: relaciones marcadas por el control, la dependencia emocional o económica, los celos enfermizos, la obsesión posesiva y una visión equivocada del amor como propiedad.

En muchos casos aparecen relaciones extramaritales o vínculos donde existe una marcada diferencia de edad, poder económico o posición social. Un hombre mayor —de 50 años o más— involucrado con una mujer mucho más joven puede generar dinámicas complejas: inseguridad, temor al abandono, dependencia, manipulación emocional o intentos de control sobre la vida de la pareja. Lo mismo ocurre cuando hay grandes diferencias de clase social, donde una de las partes siente que “pierde” estatus, dominio o reconocimiento dentro de la relación.

Sin embargo, sería un error afirmar que esas condiciones por sí solas producen violencia. Existen miles de relaciones con diferencias de edad o de nivel económico que son sanas y respetuosas. El problema surge cuando se mezclan factores como:

-Machismo y sentimiento de posesión.

-Incapacidad para aceptar el rechazo o la separación.

-Baja tolerancia emocional y ausencia de madurez afectiva.

-Dependencia económica o psicológica.

-Historial de violencia, celos extremos o conductas obsesivas.

-Consumo de alcohol o sustancias.• Falta de intervención temprana de familiares y autoridades.

La sociedad también tiene responsabilidad cuando normaliza frases como “si no eres mía, no eres de nadie”, cuando romantiza los celos enfermizos o cuando convierte relaciones desequilibradas en símbolos de éxito, poder o conveniencia.

El feminicidio casi nunca ocurre de manera espontánea. Antes del crimen suelen existir señales: amenazas, control excesivo, humillaciones, persecución, aislamiento, manipulación y violencia psicológica. Ahí es donde la familia, los amigos, las instituciones y la justicia deben actuar antes de que sea tarde.

Más que juzgar únicamente las diferencias de edad, el nivel social o el tipo de relación, el verdadero análisis debe centrarse en la salud emocional, el respeto mutuo y la capacidad de entender que amar jamás puede significar dominar ni destruir.

Ante el crecimiento alarmante de los feminicidios, la sociedad no puede limitarse únicamente a lamentar cada tragedia después de ocurrida.  El problema exige una respuesta firme, coordinada y urgente entre la familia, la comunidad, el Estado y la justicia.

La sociedad debe comenzar por desmontar la cultura de violencia y posesión que durante años se ha normalizado.  No podemos seguir justificando conductas tóxicas como “los celos por amor”, el control excesivo, las amenazas o la persecución emocional. Muchas veces las señales aparecen antes del crimen y el entorno guarda silencio. La prevención también comienza en la familia, en la educación emocional y en enseñar desde temprana edad que amar no es dominar.

El Estado debe fortalecer las políticas de prevención y atención.  No basta con campañas publicitarias ocasionales. Se necesitan más unidades de atención psicológica, líneas de emergencia efectivas, refugios seguros para mujeres en riesgo y programas reales de salud mental y manejo de ira para personas con conductas violentas.

La justicia, por su parte, tiene la obligación de actuar con rapidez y severidad.  En muchos casos existen denuncias previas, órdenes de alejamiento ignoradas o antecedentes de violencia que no reciben seguimiento adecuado. Cuando la víctima pide ayuda y el sistema falla, la tragedia muchas veces ya viene anunciada.

También es preciso iniciar un proceso de concientización dentro de las empresas e instituciones.
El entorno laboral muchas veces es el primer lugar donde se detectan señales de violencia, acoso, ansiedad o amenazas en una relación. Capacitar al personal, promover canales de orientación y fomentar una cultura de respeto y apoyo puede ayudar a prevenir situaciones de riesgo antes de que se conviertan en tragedias.

Pero la solución más profunda no será únicamente policial ni judicial.  Será cultural. Mientras sigamos confundiendo amor con control,dependencia o propiedad, seguiremos viendo relaciones convertidas en escenarios de violencia.

El verdadero cambio comenzará cuando la sociedad entienda que ninguna ruptura, ningún rechazo y ninguna frustración justifican destruir una vida.

sp-am

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