Al pueblo le gustaría una modificación constitucional, pero así…  

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EL AUTOR es arquitecto. Reside en Santo Domingo.

Hace un par de días se reseñó en los medios que el expresidente estadounidense Barack Obama había reaparecido en una calle de Manhattan, New York, y que fue aclamado por un grupo de sorprendidos transeúntes que detuvieron el paso para verle y expresarle su cariño, a ritmo de “Obama, Obama” y “te quiero…”.

Es sin dudas una persona muy popular, al igual que otros expresidentes de Estados Unidos.  Pero lo grandioso de esto es que a ninguno, sea cual sea su grado de popularidad, se le ha ocurrido azuzar a algún congresista para que promueva una modificación a su Constitución, con miras a seguir repostulándose. Esa es de las cosas que hacen grande a esa nación.

Sin embargo, en República Dominicana no hay forma de hacerle entender a los expresidentes que ya postularon para dos períodos (me refiero a Leonel, Hipólito y Danilo) que deben de retirarse dignamente a la recreación, la reflexión, al descanso con sus familias, etc., y que sea la historia y las circunstancias venideras las que determinen el grado de mérito de su gestión. No quieren darle paso a la nueva generación con nuevas ideas

Desde principio de este año se ha estado barajando otra reforma a la Constitución, tal como ha ocurrido en los últimos 25 años al final de cada período presidencial, cuyo único objetivo es el de que el presidente de turno siga “trepa’o en el palo”.

En esta ocasión quieren darle un matiz de reforma integral, tal como hizo Leonel para justificar la modificación constitucional del 2010, ya que ahora también se quiere incluir la unificación de las elecciones municipales con las presidenciales y congresuales en mayo del 2020, y la eliminación del Procurador General de la República del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM).

Ahora bien, ya que parece inminente esta nueva modificación constitucional, yo sugiero (salvo una mejor opinión de los lectores) que en la misma se incluya modificar la estructura actual del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), para que la misma quede conformada como sigue:

  1. El presidente de la República, quien seguirá presidiéndola.
  2. El Presidente del Senado de la República.
  3. Un Senador o Senadora escogido por el Senado que pertenezca a un partido o bloque de partidos diferente al del Presidente del Senado y que ostente la representación de la segunda mayoría.
  4. El presidente de la Cámara de Diputados.
  5. Un Diputado o Diputada escogido por la Cámara de Diputados que pertenezca a un partido o bloque de partidos diferente al del Presidente de la Cámara de diputados y que ostente la representación de la segunda mayoría.
  6. El Presidente de la Suprema Corte de Justicia (como único juez de la SUJ).
  7. El Rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
  8. Un alto representante de la Iglesia Católica.
  9. Un alto representante de la Iglesia Protestante.
  10. Un digno representante del Sector Sindical Laboral, y
  11. Un digno representante del Sector Empresarial.

Es perentorio la inclusión de estos últimos cinco miembros, ya que son personas y entidades que tienen adeptos y seguidores exigentes que les recriminarían cualquier mala elección de jueces.

Que este CNM se reúna de manera ordinaria y obligatoria cada siete años, como hasta ahora está estipulado, para evaluar y designar a todos los todos los jueces de las Altas Cortes: de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), del Tribunal Constitucional (TC); del Tribunal Superior Electoral (TSE); incluyendo a los jueces del Consejo de Poder Judicial, CPJ, (que es el órgano de disciplina del Poder Judicial) y también al Procurador General de la República, quien sería el único designado ahí cada cuatro años. Además, que dicho CNM pueda reunirse de manera extraordinaria, en caso de urgencia y en cualquier momento, siempre y cuando sean convocados por un mínimo de cinco de sus miembros.

“SUEÑA PILARÍN”, así opinarían algunos lectores, pues saben que una propuesta similar a ésta no la dejarán pasar porque tiende a frenar la simulación, la corrupción rampante, el grado de improvisación de los políticos y funcionarios, la hipocresía de los profetas de la moral y, sobre todo, la mala imagen de que nuestra justicia es un mercado que se vende al mejor postor.

De lo que estoy seguro es que el presidente de turno que la promueva se glorificaría.

 

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