Al filo de la navaja, la vida de película de Alan García

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Alan García

Por MARCELINO OZUNA

Descalzo y con ropas de dormir, el presidente bajo hasta el descanso de las escaleras de sus habitaciones, de la calle  Manuel Freyre, Santander 121-131, en  la muy exclusiva zona de Miraflores, en Lima, a las 6:26 minutos y cincuenta segundos,  del miércoles 16 de abril.

Le habían despertado los estertores  del operativo judicial, a cuyo mando avanzaba el magistrado Henry Amenábar, adjunto del Fiscal General de la Nación,  acompañado de seis agentes de la División de Investigación de Alta Complejidad, (DIVIAC), autorizados la noche anterior por el Juez  de Investigación Preparatoria Juan Carlos Sánchez Balbuena, conforme las declaraciones previas del Fiscal José Domingo Pérez.

Al mundo le quedarían menos de tres horas contando con el corazón de  Alan Gabriel Ludwig García Pérez,  abogado, orador y político, nacido en Lima el 23 de mayo de 1949, que gobernó su país dos veces, la primera de ellas con apenas 36 años de edad, en 1985.

Como el líder aprista preguntase a los persecutores si la intención era detenerle, y como apenas si el fiscal actuante le inquirió bajar al primer piso, se devolvió presuroso a sus habitaciones, y cerró las puertas con seguro. La detonación que marco el fin de sus días, vividos desde siempre al filo de la navaja, se escucho, seca e inevitable,  cuando pasaban pocos segundos de las 6:30 de la mañana.

Una vida de película, terminaba conforme  había sido sentida. Por él y por todos.  Es que ya lo ha escrito el maestro en «El amor en los tiempos del cólera», :»Nada se parece más a un hombre que la forma de su muerte.»

Alan tendría algo más de veinte años, cuando el mítico pensador y dirigente político Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, la más longeva y renombrada de  las formaciones políticas del continente,  le llamo a Paris en 1978, donde intentaba, sin éxito, laurearse de un doctorado en sociología. Era reincidente, en Madrid, por igual, desde 1972 intento en vano culminar un doctorado en derecho. «Debes regresar; Perú y el partido te  necesitan».

Allí se iniciaba una de las carreras políticas, más rutilantes, llevada y traída,  y publicitada de la región. Una vida fantástica, una vida al filo de la navaja, propia de los mas terminados  guiones de Hollywood.

Dicen que errores marcados en su política económica hicieron derivar al país en una  de las peores crisis de su historia, al emitir millones de dólares MUC (mercado único cambiario) un invento de aparentes éxitos iniciales, que sin embargo termino haciendo inelegible al Perú para recibir créditos de la banca internacional.

Dicen, además, que en ese primer gobierno fueron  ejecutados numerosos prisioneros de Sendero Luminoso, la organización armada y proscrita  liderada por Abimael Guzmán. Pero se recuerda su negativa a pagar la deuda externa del Perú, que le granjeo  anti y simpatías, en proporciones iguales en la tierra.

Tenia cuarentidos años, mas o menos, cuando el presidente Alberto Fujimori protagonizo el autogolpe que declaro inexistente el congreso de  la Republica. Fueron de los tiempos más oscuros, de los mas difíciles, y de los mas intransitables para el joven ex presidente. Alan salvo la vida porque los astros son los astros.

Cuando su domicilio fue rodeado, con los fines incontrovertibles de darle muerte, se salto la verja de la casa, hasta recalar en el cesto de la basura del vecino. Allí pernoctaría 48 horas, a merced de los azares y de la providencia, contaría años después en su biografía   Maquiavelo…. El pastor alemán del vecino, ladrando con intenciones más siniestras que los mismos guardias del fujimorismo, debió alertar a los dueños de la casa, que lo asilaron en la habitación principal, desoyendo cualquier asomo de prudencia y de buen tino.

Una vida de película…en cosa de días, recalaba con sus huesos en la embajada colombiana en Lima, sacado de la casa por la hija del propietario, entre los piececitos de su niña, que ocupaba el asiento trasero del automóvil. Un joven, repuesto y carismático Alan García, ganaba Bogotá, aterrizando en el avión militar que envió el gobierno del presidente Cesar Gaviria, junto al diputado Jorge del Castillo, para le aplaudido con delirio por el aprismo, y por el continente, que sin quererlo en demasía, odiaba al japonés.

Al presidente le resulto imposible, de cualquier modo, justificar una huida dejando en sus habitaciones a sus cuatro niños, a merced de la jauría, y de los humores maledicentes de los persecutores. De una  persona común y corriente se espera que de la vida por sus hijos; de un presidente, infinitamente más.

Alan vivió cerca de una década de su vida en el exilio colombiano, sin perder jamás contacto con el aprismo, sin desmayar en los esfuerzos de regresar y ponerse al frente de la oposición al gobierno autoritario del Ingeniero Alberto Fujimori.

Cuando le tocara regresar se enfrentaría por la presidencia con Alejandro Toledo, un académico con facciones criollas,  con la reputación de ser conocido y bien tratado en los centros de poder de dos continentes, que finalmente se le impuso.

No sería sino en 2006,  cuando los astros les depararían  la oportunidad de volver a presidir el país, un Perú signado por la violencia de décadas, donde el ejercicio político ha sido tradicionalmente sangriento. Se le imponía a Ollanta Humala, en el bailoteo de segunda vuelta.

De nuevo, la prensa denuncia actos de corrupción en el gobierno, pero, a primeras vistas, solo involucran a funcionarios de segunda. El presidente se enfoca en reformas económicas estructurales, lo mismo que en el relanzamiento de las relaciones diplomáticas del país. Para 2016, incapaz de superar la primera vuelta en esos comicios, anuncia que abandona la política partidaria.

Ayer, en las primeras albas del miércoles, abandono también cualquier resquicio que le hiciera posible seguir entre nosotros.

Quedaba claro otra vez, como si Roma no nos lo hubiese enseñado hace más de dos mil años: el poder y las alturas te hacen vecino privilegiado de la tragedia, del ostracismo…y de la muerte. La gloria, sobretodo la política, viene con fecha de expiración. La vida de Alan García, siempre al filo de la navaja, no deja dudas al respecto.

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