A los que más aportamos y menos pedimos nos mandan los desechos

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Hay frases que duelen no por lo que dicen, sino por lo que revelan. Hay momentos en que una comunidad entiende, de golpe, cuál es el lugar que algunos le han asignado en el mapa mental de la isla. No es un lugar de hermano. Es un lugar de vertedero.

Nosotros, los dominicanos en Puerto Rico, somos una comunidad que ha aprendido a hablar bajito para no molestar, a trabajar mucho para que no nos señalen, a pedir poco para que no nos acusen de pedir demasiado. No pedimos privilegios. No pedimos cuotas. No pedimos trato especial. Pedimos respeto.

Y a cambio, aportamos.

Aportamos desde las 5 de la mañana cuando se levanta el panadero de Villa Palmeras, el mecánico de Carolina, la mujer que limpia oficinas en Hato Rey y deja a sus hijos listos para la escuela. Aportamos cuando llenamos un colmado en Barrio Obrero y ese colmado genera IVU, patentes, empleos. Aportamos cuando un joven dominicano se gradúa de la UPR con honores y no se va, se queda aquí. Aportamos en la música que baila Puerto Rico, en el merengue que no deja morir la Navidad, en la bachata que suena en cada chinchorro. Aportamos en el béisbol, en la construcción que levanta edificios bajo un sol que quema, en la agricultura que pocos quieren trabajar.

Somos, según todos los estudios económicos serios, una de las comunidades que más aporta en proporción a lo que consume del Estado. Pagamos impuestos sin chistar. No somos carga. Somos motor. Y lo hacemos sin marchas, sin exigir que nos den. Solo trabajando.

Por eso ofende tanto, pero tanto, que nos manden los desechos.

El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York

Que se nos mire como si fuéramos lo que sobra. Que se utilice nuestra nacionalidad como insulto. Que en pleno 2026, un senador electo de la República sienta que puede tomar el micrófono que le dio el pueblo para humillar a unos niños dominicanos que vinieron a jugar pelota. Niños. Ni siquiera adultos. Niños de la Serie del Caribe Kids. ¿Qué nivel de bajeza política hay que tener para meterse con niños?

Y no es un desliz. Es un patrón. Es la idea de que al dominicano se le puede decir cualquier cosa porque no se va a defender. Porque está ocupado trabajando. Porque tiene miedo a que le llamen problemático y le afecte su estatus, su negocio, su familia.

Pero aquí hay que hacer una pausa y decir una verdad que nos duele a los dos pueblos: Puerto Rico no es xenófobo. Puerto Rico es el país que recibió a mi madre con los brazos abiertos en los 80. Que nos dio escuela, hospital, techo. El puertorriqueño de a pie no es el del insulto. El puertorriqueño es el compadre, el vecino, el que te dice «vecino, ¿necesita algo?».

Lo que sí existe es una pequeña industria política que descubrió que es rentable dividirnos. Que es rentable decir que el dominicano quita empleo, cuando todos saben que hace el empleo que otros no quieren hacer. Que es rentable decir que somos una invasión, cuando somos familia. Porque ¿cuántas familias puertorriqueñas no tienen hoy un yerno dominicano, una nuera dominicana, un nieto con las dos banderas?

Esa industria necesita un enemigo para existir. Y nos eligieron a nosotros porque somos nobles y aguantamos demasiado.

Pues se equivocaron de tiempo.

Esta generación de dominicanos en Puerto Rico ya no agacha la cabeza. No responde con odio, porque no sabemos odiar a esta tierra que también es nuestra, pero sí responde con dignidad. Ya no nos vamos a quedar callados cuando nos mandan los desechos verbales de una política fracasada.

Porque eso son esas expresiones: desechos. Desechos de un discurso que no tiene propuestas, que no tiene obra, que no tiene ideas para sacar a Puerto Rico del estancamiento, y entonces recurre a lo más bajo: señalar al otro, al más humilde, al que no se puede defender en igualdad de condiciones en un hemiciclo.

A los que más aportamos y menos pedimos, nos quieren tratar como si fuéramos lo que menos vale.

Yo le quiero decir algo al pueblo puertorriqueño, a mis hermanos puertorriqueños: no permitan que nos dividan. No permitan que una voz llena de resentimiento rompa 60 años de hermandad. El día que Puerto Rico y República Dominicana se miren como enemigos, habremos perdido todos. Gana el que nos quiere débiles y divididos.

Y a mi comunidad dominicana le digo: sigamos aportando. Pero aportemos también nuestra voz. Sin miedo. Con respeto, pero con firmeza. Exigiendo lo único que hemos exigido siempre: respeto. El mismo respeto que nosotros le damos a esta Isla todos los días, desde que sale el sol hasta que se va.

Que no nos confundan. La nobleza no es sumisión. El silencio no es aceptación. Y el trabajo no nos hace menos, nos hace más.

No somos desechos. Somos parte esencial de lo que Puerto Rico es hoy. Y de lo que será mañana.

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