Por LUIS CASTILLO
Esta semana el Banco Central de la República Dominicana recibió a una delegación de J.P. Morgan encabezada por Carlos Aspillaga para explorar ampliación de inversiones en el país. Una excelente noticia que celebro.
Sin embargo, como dominicano residente en Boston y como analista de la realidad económica nacional, no puedo dejar de señalar una asimetría estructural en nuestra política de atracción de capital.
Los números del propio BCRD hablan por sí solos:
• Inversión Extranjera Directa (1er semestre 2026): US$3,276.5 millones
• Remesas recibidas (2025): US$11,866.3 millones
• Proyección remesas 2026: >US$12,200 millones
• Remesas enero-julio 2026: US$7,316.4 millones (81.4% desde EE.UU.)
La diáspora dominicana aporta 3.6 veces más divisas que toda la IED y constituye un pilar de nuestras reservas internacionales y estabilidad cambiaria. El BCRD lo reconoce.
La pregunta estratégica es: ¿Por qué seguimos tratando a la diáspora solo como una fuente de transferencias corrientes para consumo, y no como lo que realmente es: el mayor fondo de capital patriótico del país?
No se trata de sustituir a J.P. Morgan. Se trata de complementar con capital más leal.
Propongo 4 instrumentos concretos que países como Israel, India y México ya implementan con éxito:
1. Bono Diáspora en USD: Emitido por el BCRD con garantía soberana, destinado a infraestructura, con tasa preferencial para dominicanos en el exterior.
2. Fondo de Inversión Diáspora: Vehículo administrado por la banca nacional para canalizar inversión hacia vivienda asequible, pymes, agronegocios y turismo comunitario.
3. Ventanilla Única de Inversión Diáspora: Plataforma digital y legal que permita a un dominicano en EE.UU. o Europa invertir en RD sin fricción burocrática ni necesidad de presencia física.
4. Mesa Técnica Trimestral BCRD – Diáspora: No un acto folclórico, sino una mesa de trabajo con agenda de inversión, con participación del Gobernador.
Si lográramos convertir apenas el 10% de las remesas anuales en inversión productiva, hablaríamos de US$1,200 millones adicionales al año en capital productivo. Sin deuda externa. Sin condicionalidades.
El dominicano en Nueva York, Boston, Madrid o Puerto Rico no es solo un remitente. Es empresario, profesional, propietario y tiene acceso a apalancamiento en el mercado estadounidense. Pero sobre todo, tiene un vínculo que ningún inversionista extranjero puede replicar.
Es hora de pasar de una política de remesas a una política de inversión diaspórica.


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