Ignorar la guerra sería ingenuo 

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

La escalada militar entre Irán, Israel y Estados Unidos ha reconfigurado el tablero geopolítico mundial, pero también ha marcado un punto de inflexión en la vida cotidiana de millones de personas que nunca antes imaginaron sentir los efectos de una guerra tan lejos de sus fronteras.

Lo que ocurre hoy en el Medio Oriente -con el cierre efectivo de rutas de transporte de crudo y la interrupción de mercados clave- ya tiene consecuencias concretas en República Dominicana y en casi todos los rincones del planeta.

El estrecho de Hormuz, por donde pasa cerca del 20 % del petróleo y del gas licuado que se consume en el mundo, ha sido escenario de bloqueos, ataques a buques comerciales y reducciones drásticas del tránsito marítimo.

Este estrecho es más que un punto estratégico en un mapa: es una arteria vital para el suministro energético global. Su interrupción ha disparado los precios del petróleo a niveles inéditos en décadas, con barriles superando los 100 dólares e incluso más, dependiendo de cómo evolucione el conflicto.

Para los dominicanos, esto tiene efectos directos. El encarecimiento de la energía global se traduce en un alza de los combustibles importados, que repercute tanto en los costos del transporte público como en los fletes que llevan alimentos y bienes básicos desde los puertos hasta los comercios.

Cada peso adicional que se paga por litro de gasolina o por el transporte de mercancías acaba cargándose al consumidor final, presionando ya una economía familiar que vive con estrecheces.

La crisis energética se extiende hacia la alimentación. La producción de fertilizantes y sus rutas comerciales también están entre las cadenas afectadas, elevando los costos de insumos agrícolas y generando presión sobre los precios de productos fundamentales como arroz, vegetales, pollo y otros alimentos que forman parte de la dieta dominicana.

La guerra también está tensando mercados financieros y cadenas de suministro internacionales. La volatilidad de las inversiones, la inflación en alza y la incertidumbre económica global pueden empujar a una desaceleración de la actividad económica, con efectos potenciales sobre el empleo y el crecimiento económico local.

Comprender estos efectos va más allá de consumir noticias. La guerra no es un fenómeno lejano ni abstracto: es una realidad que redefine cómo y cuánto pagamos por energía, alimentos y servicios básicos. Mientras las grandes potencias negocian o confrontan en escenarios remotos, los dominicanos ya estamos pagando la factura.

La pregunta que queda no es si la guerra nos afecta, sino cómo nos preparamos y exigimos respuestas y políticas que protejan nuestro bienestar en tiempos tan inciertos. La guerra ya no está “allá afuera”. Está en tu mesa, en tu bolsillo y en tu vida diaria. Ignorarla sería ingenuo.

jpm-am

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