Aborto o falsa modernidad

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LA AUTORA es periodista. Reside en Santo Domingo.

Ante la renuencia  de los congresistas a aprobar las tres causales  de la despenalización del aborto sometidas por el presidente Danilo Medina, el diputado Radhamés García tuvo la nefasta idea de sugerir a las mujeres lanzarse a por una escalera para perder la criatura.

Muchas voces que apoyaban  el cambio al proyecto de Código Penal protestaron airadas. Era comprensible.

Después de la segunda observación del Poder Ejecutivo, los reclamos coparon las calles otra vez, incluido el que hacía un grupo feminista.

Estas damas traían además como material de refuerzo un folleto en el que explicaban cómo abortar con un medicamento que no está  fabricado para esos fines.

En esta ocasión, los grupos y personas que acribillaron con palabras al legislador, callaron ante la sugerencia igual de desproporcionada.

Ese mensaje  absurdo, irresponsable, criminal  no solo fue leído por preñadas cuyo embarazo era fruto de violación, albergaban fetos con malformaciones incompatibles con la vida o corrían riesgo de  morir.

No. Llegó a todo público, con lo que salieron del marco de la protesta. Pero  sobre todo, incentivaba a las mujeres a hacer lo que las feministas dicen buscan evitar,  la interrupción insegura de la gestación. Pero nadie refutó en voz alta.

Cuando el Senado aprobó el proyecto con las tres causales incluidas, grupos demandaron que fuera sin excepciones. Mostraron sus verdaderas intenciones.

Parece que las cosas están mal o bien de acuerdo con quien las plantee, y así el temor a enfrentar a ciertos sectores o los puntos en común que pueda haber entre gente que defiende la misma causa, hace que algunos callen aunque no estén de acuerdo con todos los métodos.

Lo real es que cada vez hay menos razones para defender el aborto fuera de esas tres causales y más para combatir el sexo inseguro, cuyos riesgos no son solo un embarazo. Por suerte, cada vez hay más acceso a anticonceptivos.

Hace más de 20 años en el país hay un movimiento por la despenalización indiscriminada de la interrupción del embarazo. Uno de los argumentos esgrimidos es que los países desarrollados lo hicieron hace mucho tiempo.

Es cierto, pero en esos Estados las que abortan son en su inmensa mayoría inmigrantes de pobreza económica y  académica lancinante. Por tanto, a mayor cantidad de abortos, mayor atraso en una población.

Otro punto es que las pobres son las más afectadas, porque no pueden pagar por un procedimiento seguro y que matarlas no reduce la pobreza. Matar fetos tampoco reduce la preñez indeseada.

Uno más: que la mujer tiene derecho a decidir. La generalidad “decide” presionada por el padre de la criatura.

En el caso de las adolescentes preñadas, otra razón para defender la despenalización total, las muchachas de entre 14 y 19 años embarazadas no víctimas de violación vive en pareja. Una cuestión  a la  que el Estado debe prestar importancia.

Es difícil, muy difícil que una mujer que  salga a la calle a exigir su derecho a tener hijos cuando lo crea conveniente tenga un embarazo no deseado, porque  su empoderamiento es fruto de su educación, de su conocimiento.

La defensa o el rechazo a la práctica nada tienen  que ver con convicciones religiosas. Por eso es posible hallar creyentes a favor y ateos en contra. Porque  entre el blanco y el negro hay una amalgama de grises.

No están sencillo como argüir “es mi cuerpo”. Esa frase que suena  fría la mayoría de las veces no encaja a la hora de abortar.

Deshacerse de un embarazo de común es fruto de muchas cavilaciones y tormentos, que pueden prolongarse con  el trauma pos aborto. Esa cadena que arrastran tantas mujeres.

jpm

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