Única utopía posible: el ser humano puede elegir la razón sobre la fuerza
POR RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
Analizando los recientes acontecimientos mundiales he llegado, quizás, a la inhumana percepción de que la fuerza doblega a la razón.
Pienso así porque los nueve del llamado “club atómico” no se han enfrentado directamente entre sí; siempre han usado a terceros que ponen a su disposición las almas de inocentes, a quienes empujan a perder lo más codiciado por el hombre: la vida.
Esos muertos no son cifras abstractas: son seres humanos cuyos herederos terminarán pagando, literal y simbólicamente, las armas con que fueron asesinados.
Se habla de la paz, pero es la paz que se tarda años en planificar para eliminarla: se hacen proyecciones con tiempo de anticipación, tiempo que perfectamente podrían emplear en fomentar entendimiento, gobernabilidad y, finalmente, la verdadera paz.
Gastos extraordinarios destinados a exterminarnos entre nosotros podrían, con criterio humanista, usarse para extirpar el dolor del hambre, la sed y el montón de enfermedades que nos golpean diariamente.
¿Será necesario que cada continente tenga varios socios en el club atómico para que exista una paz estable? Suena macabra la idea, pero frente a hechos como los de Palestina todas las posibilidades entran en el tablero del ajedrez geopolítico.
Mi opinión es clara
Mientras la política internacional siga priorizando la acumulación de poder sobre la dignidad humana, no habrá utopía posible. Somos como Ícaro: jugamos a ser dioses y nos creemos dueños de las vidas de los demás.
La humanidad ha convertido la palabra paz en un eslogan vacío que decora discursos oficiales, pero rara vez en un compromiso real. Se firma la paz con la misma mano que ordena fabricar más armas. Las potencias se presentan como garantes del equilibrio, cuando en realidad son los arquitectos del miedo.
El ser humano moderno ha olvidado que la paz no se decreta, se construye. No basta con cesar los disparos; hay que desarmar los corazones, las conciencias y los intereses que alimentan las guerras.
Las ideologías se disfrazan de razones justas, pero lo que prevalece es el negocio de la muerte, rentable para quienes jamás pisan el campo de batalla.
Si algo nos enseña la historia es que la verdadera amenaza no son las bombas, sino las mentes que las justifican. La educación, la cultura y el diálogo son armas más poderosas que cualquier misil, pero requieren humildad, tiempo y voluntad política; tres virtudes que escasean en los consejos de seguridad del mundo.
Mientras tanto, los pueblos siguen pagando el precio del cinismo. Los niños que hoy nacen en Gaza, en Ucrania o en cualquier rincón olvidado, crecerán aprendiendo que la paz es una promesa que se escribe con tinta invisible.
Y tal vez algún día comprendan —como comprendemos los que aún soñamos— que la única utopía posible es aquella que se atreve a creer, contra toda evidencia, que el ser humano puede elegir la razón sobre la fuerza.
jpm-am

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