Una guerra basada en motivos económicos
Es prematuro, desde el punto de vista de la historia, para analizar a profundidad la escalada bélica que sufren por enésima vez los pueblos del suroeste de Asia, una candente zona de la tierra que si se hacen las excepciones geográficas correspondientes también es conocida indistintamente como Medio Oriente, Oriente Próximo y Cercano Oriente.
En otras palabras, que si nos colocamos en el banco de reposo que exigen las reflexiones históricas tal vez no sea prudente abordar, bajo las impresiones del presente, la tragedia que desde hace poco más de un mes se vive allí. Sin embargo, eso no es obstáculo para publicitar brevemente algunos detalles que explican las excusas para producirla.
Por la recurrencia de los enfrentamientos armados siempre estará por escribirse la historia milenaria que envuelve a árabes, hebreos, musulmanes (sunitas y chiitas), semitas, palestinos, hachemitas, hutíes, cananeos y otros grupos étnicos, militares, políticos o religiosos de esa parte del mundo.
Evidentemente son hechos (con la significativa participación de naciones situadas lejos de esa zona, como el caso actual) que se remontan muchísimo más atrás del derrumbe del imperio otomano, el cual durante un largo tiempo se había enseñoreado en gran parte de dicha región.
Lo primero que hay que señalar es que es una región con una inmensa riqueza de petróleo y gas. Eso la ha convertido en piedra de codicia de los países más poderosos, que durante décadas han hecho pingües negocios, por persuasión o por espada. Vale decir que no es un detalle menor que en sus apuros del momento los ayatolas iraníes que en el 1979 formaron una república islámica, con un régimen teocrático y opresor, ahora pretendan encontrar apoyo en el pueblo que han masacrado.

Están invocando, basados en las narraciones del historiador Heródoto, a personajes ancestrales de su estirpe: los tres famosos Artajerjes, Ciro el Grande, Darío I y otros que actuaron cuando antes de 1935 esa tierra era llamada Persia. En apoyo a la verdad debo decir que el régimen anterior a los ayatolas, encabezado por el Sha Mohammad Reza Pahlevi, con el pleno apoyo y la complicidad de EE.UU., fue tan malo como el que encabezaron Ruhollah Jomenei, Alí Jamenei y sus secuaces aún al mando.
Lo segundo a destacar es que es una zona estratégica para el comercio internacional y para el posicionamiento de la hegemonía de los poderes que dictan e imponen las reglas internacionales en términos económicos, militares, políticos y tecnológicos.
Con una pasmosa tranquilidad personajes que controlan los aparatos estatales de EE.UU. e Israel y los del régimen intransigente de los clérigos musulmanes en Irán están vendiendo de cara al mundo, cada uno desde su óptica particular, la idea de que lo que está ocurriendo en gran parte de la Península Arábiga y en la costa oriental del mar Mediterráneo es para salvar a la humanidad de hechos peores.
De lo que se trata en realidad es de una guerra basada en motivos económicos; centrada en petróleo, gas y pagos de peajes del comercio de múltiples géneros ultramarinos que pasan por el estrecho de Ormuz. No son razones éticas ni morales las que mueven a los señores que tienen hoy el mundo en ascuas. Ahora, como otras veces, esos y otros contendientes en otros lugares del mundo se han saltado las reglas más elementales del Derecho Internacional para cometer masacres sepultadas en densas capas de silencio.
Lo que se ve en este conflicto bélico es la aplicación dura y pura de una parte de la llamada realpolitik que se inventó en el siglo XIX, como fórmula de contención, el estadista alemán Otto von Bismarck. Ese método ha sido modificado muchas veces, sobrepasando los propósitos pragmáticos de dicho estratega político. Ahora y antes se ha impuesto el poder de las armas y la sinrazón, dejando de lado los límites de la realidad.
Es la clásica estrategia del agitprop creada por el filósofo y propagandista ruso Plejánov y potencializada por el político y abogado de la misma nacionalidad Vladimir Uliánov (Lenin), basada en la agitación y la propaganda para tratar de convencer a la gente de sus actuaciones.
Los países del Medio Oriente y más allá han estado bajo dependencia directa de clanes familiares, militares, religiosos o raciales, apoyados por naciones que no forman parte de sus orígenes ni de su geografía. Gran Bretaña, a partir de la devastadora guerra anglo-egipcia, así como Francia y Alemania cometieron abusos en el Egipto del Canal de Suez, construido para unir los mares Mediterráneo y Rojo y facilitar el comercio entre Asia y Europa.
En el caso de Alemania la controversia sobre el busto de la reina Nefertiti (sacada de Egipto con el ardid de que era un pedazo de yeso sin valor) fue una excusa para fijar negocios gruesos allí. También China ha incursionado en esos lugares buscando ventajas. Dicho al margen del paso por Irán y Turquía de la antigua Ruta de la Seda, que de eso hace muchos siglos.
Israel fue creado el 14 de mayo de 1948 con judíos, árabes musulmanes, samaritanos, drusos y cristianos. Desde su nacimiento, cuando se le puso fin al mandato británico de Palestina, los Estados Unidos le han dado apoyo económico y militar. Algunos analistas políticos lo han calificado como su principal enclave en esa área de la tierra.
Pero Israel nunca ha sido una especie de mascarón de proa. El año pasado el analista político vietnamita Sony Thang escribió que esos dos países “se sirven mutuamente en una dialéctica de dominación”. A lo que se puede agregar que esa es la “arquitectura de poder” que los ata con un poderoso garfio a un destino común, como se comprueba en la guerra actual.
En el caso de Siria está documentado que desde el 1970 la familia al-Asad (Hafez, alias la Esfinge de Damasco y Bashar, apodado El Carnicero), del clan de los alauíes, tuvo el apoyo de la Unión Soviética y luego de Rusia. Después se sumó a esa siniestra alianza el Irán de los ayatolas. Brindaron apoyo económico y militar ilimitado a los descendientes de personajes que pasaron a la historia con nombres como Bestia Salvaje y El León.
A pesar de todas las vicisitudes que han vivido los habitantes de esos lugares, a gran distancia del Caribe, (la mayoría de los cuales carece de un lenguaje político para explicar su drama humano) siempre aparece una nota de optimismo, como la de un historiador judío piamontés experto en varios temas del Medio Oriente contemporáneo, quien en el 1967 escribió que en esos pueblos “emerge permanentemente la aspiración a la paz y a la justicia, aunque sea en medio de luchas, dramas y derrotas”. (La Revolución Árabe. Editorial Bruguera, España, 1971. Pp11 y 12. Guido Valabrega).
JPM

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