“Un día nos tocará a nosotros”, me dijo por vía telefónica un amigo y colega residente en Nueva York. Se refería a la escalada de asesinatos de los últimos tiempos, acontecidos en República Dominicana.
Para mis adentros, pensé en que si ciertamente por formular denuncias de corrupción se han cometido homicidios contra connotados activistas y catedráticos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD); no sería extraño que se cometiesen contra periodistas. Desde ya como nunca antes, en el país se han asesinados, aunque por otras razones, a decenas de oficiales de la Policía Nacional, y otros cuerpos armados.
En esta urbe se rumorea que, posiblemente en casos todavía no totalmente esclarecidos, en esta coyuntura política, en República Dominicana se habrían asesinados uno que otro periodista. Con todo y su régimen de fuerza, se debe admitir que Joaquín Balaguer poseía la sapiencia de un estadista para dominar al funcionariado, y evitar esa ocurrencia, por el motivo antes expuesto.
Esto, al margen de que en sus gobiernos se solía matar por disidencias políticas. Ello siempre sucedió en los pasados regímenes de la región con perfiles dictatoriales; lo que uno nunca pensó es que en los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), se cometerían homicidios por ser contestatarios ante corruptelas en estamentos del Estado, y que tras esos asesinatos se priorizarán presuntas actitudes de extorsiones por parte de la víctima.
Pero, en un aspecto más peligroso sobre estos funestos acontecimientos, es que periodistas también podrían ser víctimas, no sólo de funcionarios delincuentes y otros sectores de la oposición, sino por los que encabezan personeros del narcotráfico. Y no sería extraño, pues ya se sabe que hay legisladores que alguna vez (si todavía no lo están), estuvieron ligados a esos entramados.
Es decir, que ante cualquier denuncia, los periodistas podríamos ser agredidos, no únicamente por representativos del oficialismo. Además, por otros litorales delictivos más intransigentes. Y esto tiene todas las posibilidades en un país donde irónicamente más de un 60 por ciento votaría otra vez por los mismos corruptos; incluso, aunque estén sindicados como figuras políticas que de algún modo se han acercado al narcotráfico, para ascender por nueva vez al poder.
sp-am

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