Imagínense qué sería de la humanidad si no existiera un poderoso imperio como el estadounidense, que se ha encargado de defender consistentemente el sistema democrático representativo y el libre mercado, contrarrestando a sus enemigos: comunistas, ultraderechistas, nazis, fascistas, yihadístas, etc.
Qué sería de Europa y el mundo si Estados Unidos no hubiera contribuido de manera determinante en la derrota del eje nazi-fascista, en la Segunda Guerra Mundial, y su contribución con el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa al final de la contienda.
Y habría sido muy malo para el mundo que no se hubiera producido el derrumbe del totalitarismo soviético al final de la década de los 80s y el comienzo de los 90s tras la derrota del comunismo, que nos llevó a final de la inquietante y peligrosa Guerra Fría que padecimos durante varias décadas, por la constante amenaza de expansión de ese nefasto sistema que fulmina las libertades, el estado de derecho, y destruye el aparato productivo, eliminando la propiedad privada en general y, particularmente, sobre los medios de producción, el cual es su principal objetivo para la fundación y consolidación de su totalitarismo.
Y cómo estaríamos en este peligroso y volátil momento creado por la Rusia imperial dirigida por Vladimir Putin, con la canallada de su inhumana y brutal invasión a Ucrania, sino contáramos con la protección del imperio del bien, cuando el imperio del mal pretende repetir, con su invasión criminal, la tragedia vivida por la humanidad en la Segunda Guerra Mundial.
Y es que, si no fuera por la ayuda económica y en equipos militares aportada por los Estados Unidos y los países democráticos que conforman la Unión Europea, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, y otras naciones amigas, ya este genocida ruso enquistado en el Kremlin por más de dos décadas, se hubiera hecho con toda Ucrania y posiblemente estuviera avanzando por toda Europa, para llevar a cabo su locura imperialista de conquistar el continente de Oriente a Occidente.
Es de ahí que los demócratas y las democracias del mundo, deben estar agradecidos de que existan y que perduren por siempre, un poderoso imperio como el estadounidense y una organización político militar como la OTAN, conjuntamente con las potencias democráticas, que constituyen entes disuasorios para evitar el avance de la ignominia y el totalitarismo mesiánico, protagonizado en estos tiempos por la Rusia de Putin, la China de Xi Jinping y sus satélites.


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