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Las diversas modalidades de corrupción en República Dominicana hasta llegar a lo transnacional, ha trascendido de tal manera, que para migrantes de otras latitudes del hemisferio en la ciudad de Nueva York; “los dominicanos somos ladrones”.
Ese criterio un tanto exagerado lo comprobamos con regularidad en diversos puntos de esta urbe. Empero, habría que preguntarse sobre cuáles son los ladrones de la nación dominicana: ¿los que nos gobiernan o los gobernados?
Con los sucesivos atracos y actos de corruptelas suscitados en nuestra nación parecería que, en estos momentos el dominicano es un individuo con la patología de coger lo ajeno. Ya hemos observado serias discusiones en las que ha habido asomos de agresiones físicas.
En determinados conglomerados del exterior estamos aparejados con otros migrantes desechados de su país con la muy mala fama de que, prácticamente, y por antonomasia, son delincuentes. Muy atrás ha quedado nuestra afrenta de “jodedores” o narcotraficantes.
Parece no importar que en el exterior hayamos progresado en lo académico y lo deportivo; se destaca lo político en lo que estamos hecho un asco. Esto, aparte de narrados sucesos sobre los asesinatos durante atracos en calles, barrios y residenciales, en territorio dominicano.
Sin andarnos con medias tintas y dejando el vano chauvinismo que obnubila y oculta realidades creemos pertinente revelar que, entre cubanos, colombianos y demás inmigrantes, aún sin conocer nuestra historia, no cesa el tema de los escándalos de corrupción en República Dominicana. El estigma ha recrudecido con el sonado caso de los sobornados por Odebrecht.
En décadas pasadas, la mayoría de nuestros coterráneos en esta urbe tenían el prez de ser honrados y trabajadores. Sin embargo, en los últimos años tal vez por tensiones entre inmigrantes cualquier persona ajena a nuestra patria, en discusiones intrascendentes generaliza, y apela al expediente de que somos corruptos y ladrones.
Pese a esas apreciaciones, muchos migrantes de otras naciones en Nueva York son rateros y furtivamente venden objetos robados, en las esquinas. Práctica que no es regular entre los dominicanos.
¡Cuánto daño nos ocasionan en el exterior, la corruptela y desmanes de nuestro funcionariado! Y, para rematar, tenemos asambleístas en el exterior que también han caído en bochornosos actos de corrupción.
Aunque evidentemente en estas acusaciones persiste una actitud aviesa y dañina se debe hacer constar que, debido a nuestra naturaleza emocionalmente muy involucrada y fanatizada con las políticas públicas de República Dominicana, somos un claro objetivo de estereotipo.
El asunto mueve a preocupación porque si como se dice, en política hay cosas que no se ven en lo inmediato, la comunidad dominicana que nadie duda ha avanzado en crecimiento y progreso en los últimos años, en un futuro, podría ser lesionada por difamaciones. Y lo lamentable es, que pagarían las consecuencias nuestros hijos y nietos que abren trochas en esta urbe.


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