Por FRANCISCO A. BATISTA MARTÍNEZ
La Navidad, tradicionalmente asociada al encuentro, la gratitud y la generosidad, ha ido adoptando un carácter cada vez más transaccional. En muchos entornos, especialmente profesionales, el regalo ha dejado de ser un gesto voluntario para convertirse en una expectativa implícita.
Resulta llamativo cómo, en relaciones que son estrictamente comerciales, se espera un detalle navideño como si formara parte del contrato no escrito. Más aún, a las personas con una posición económica holgada se les asigna socialmente la obligación de regalar a todo su entorno, como si el éxito viniera acompañado de una deuda permanente.
Cuando el regalo nace de la presión, del cálculo o del miedo a “quedar mal”, pierde por completo su significado. Deja de ser un acto de generosidad para transformarse en una transacción emocional que nadie acordó.
Regalar tiene sentido cuando existe vínculo, intención y libertad. Todo lo demás es una distorsión que termina generando incomodidad, frustración y, paradójicamente, menos gratitud.
Tal vez el verdadero espíritu navideño no consista en dar más cosas, sino en recuperar el valor del gesto auténtico, del límite sano y de la relación genuina.


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