Tengo dos hijos, un varón y una hembra. Paradójicamente, la segunda, hija legítima de una unión matrimonial y nacida en Nueva York cuando su madre viajó en avanzado estado de preñez, no lleva mi apellido; mientras que el primero, nacido en Santo Domingo, lo reconocí al mes de haber nacido.
Al nacer mi hija, por ignorancia, desinformación, y en busca de ayuda ante el padre ausente; su progenitora únicamente le dio su apellido. Craso error, porque de todos modos recibiría asistencia. Según mi hija, las autoridades le impusieron una pena de10 mil dólares, por no reportar mi entrada al país.
Pero, ¿adónde quiero llegar con estos asuntos personales que parecen no interesar a nadie? Pues bien, entiendo que relatando anécdotas y otras incidencias de nuestra cotidianidad, los periodistas, con ejemplos que pueden rezumar en lecciones; podríamos aportar a la construcción de una mejor sociedad.
En sociedades avanzadas como Estados Unidos, el que se lleve o no un apellido paterno no es tan trascendental ni se convierte en un baldón para nadie, porque no se le estigmatiza ni implica afrenta y mucho menos genera mofas sobre bastardías. Esto, al margen de que tampoco es obligatorio el que la mujer casada lleve el apellido del esposo.
Aunque ya adulta, mí hija y yo nos hemos descuidado en cuanto a la ausencia del apellido; el De León, en lo que compete a los míos en nada deshonesto. No ha habido inconvenientes legales ni hemos enfrentado mayores problemas, porque las autoridades están conscientes de que- al menos para ellos-legalmente, soy su padre.
Tienen en su poder el acta de matrimonio donde consta que es fruto de, en aquel entonces, un matrimonio estable. Si ella hubiese vivido en República Dominicana, tal vez habría sido cuestionada por sólo llevar el apellido de la madre. Hasta en la comunidad dominicana en esta urbe, hay quienes ponen en entredicho esa condición.
De no haber reconocido a mi hijo, él también hubiera enfrentado las mismas aviesas insinuaciones que yo he recibido, por falta del apellido paterno. Cualquier “salta pa’tras” no sólo cuestiona a uno por ser negrito o mulato, y de escasos recursos económicos; también por esa nimiedad. Y, sobre todo esto suele suceder si todavía se entiende como sonoro, y se trata de un apellido con el cual alguien se ha destacado. ¡Qué barbaridad!


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