La historia económica y cultural de una nación se escribe a través de sus empresas. Son ellas las que definen la identidad de una ciudad y se convierten en verdaderos patrimonios afectivos. Sin embargo, al mirar el panorama actual, queda una profunda reflexión de fondo: nos estamos quedando sin empresas netamente dominicanas. Muchas de las grandes marcas que un día fueron el orgullo de nuestro ingenio local han desaparecido o han pasado a manos de corporaciones extranjeras. Reconstruir la historia de lo que hoy vemos con otros nombres es una forma de rescatar nuestra propia memoria.
Un caso emblemático de esta transformación es el de una verdadera «marca país» que nació del esfuerzo y la excelencia: lo que inició como una fonda de venta de comida de alto nivel, pasó a ser un reconocido restaurante y, finalmente, se transformó en un gran hotel y restaurante de cinco estrellas. Los mayores recordamos perfectamente los comentarios y la fama de lo que fue uno de los mejores rincones gastronómicos de la ciudad y del país: el Restaurante Lina.
En sus orígenes, este ícono estuvo ubicado en la Avenida Independencia, próximo al cementerio del mismo nombre —un camposanto que, dicho sea de paso, ya debería ser uno de los museos más importantes de la zona vieja de Santo Domingo, aunque no podemos sentarnos a esperar que el ministro, candidato presidencial y sus auspiciadores del sector turismo lo ordenen—. Con el tiempo, aquel proyecto evolucionó y se trasladó a la Avenida Máximo Gómez, casi esquina 27 de Febrero, convirtiéndose en el fabuloso Hotel y Restaurante Lina. Hoy, reflejo de los tiempos modernos y de la globalización, lleva el nombre de una cadena internacional: el Hotel Barceló.
Hasta aquí, la historia es bien conocida por los adultos nacidos de 1950 en adelante, o por aquellos que en esa época llegamos a la ciudad capital. Sin embargo, hay una parte de este entramado que pocos conocen, y que me tocó vivir de cerca entre finales de los años 70 y principios de los 80.
En aquellos tiempos, existía una gran empresa constructora llamada Pujadas y Armenteros, desarrolladora de grandes urbanizaciones en la capital. Entre sus obras estuvo el sector El Portal y la plaza comercial del mismo nombre, donde funcionó el Cine El Portal —famoso hoy en día, lamentablemente, por la desgracia nacional del caso del club Jet Set—. Esa promotora creció a tal magnitud que sus fundadores decidieron incursionar en el sector financiero, creando el Banco Hipotecario Miramar.
Para entonces, el sistema de banca hipotecaria de la construcción era incipiente en el país; apenas existían dos o tres instituciones de esa línea. El primero en surgir había sido el BHD, entre 1972 y 1973. De todo ese grupo, solo el BHD y el Banco Popular sobrevivieron a largo plazo, transformados hoy en multibancos. Los demás bancos hipotecarios se los llevó la crisis bancaria de los años 90.
En medio de ese panorama, al entonces presidente Joaquín Balaguer —en uno de esos grandes «inventos» políticos suyos— se le ocurrió nombrar en el Banco Central a un gobernador con muy poca experiencia. Su primera medida para contener una inflación galopante, muy parecida a las presiones que vivimos hoy en día, fue aumentar de golpe la tasa pasiva a un 38% y la activa a un 40%. Imaginemos el impacto: los bancos hipotecarios tenían su cartera de préstamos amarrada a una tasa activa fija de apenas el 12% a 20 años de plazo y sin mecanismos de ajuste. El colapso fue inevitable. Todos nos jodimos, y solo sobrevivieron los que lograron integrarse a la estructura de la banca múltiple.
Pero volviendo a la historia del Lina, el presidente del Banco Hipotecario Miramar era el ingeniero Guillermo Armenteros, un hombre de un espíritu emprendedor extraordinario y una inteligencia fuera de serie. Él me contrató como gerente de operaciones del banco, y tuve el honor de formar parte y coordinar un «pool» de bancos que se unieron para el financiamiento del ambicioso proyecto del nuevo hotel.
El éxito de esta operación se debió en gran medida a la entrañable amistad entre don Guillermo y doña Lina. Para ese entonces, la señora ya estaba entrada en edad y sus verdaderos socios comerciales eran sus cocineros y empleados de absoluta confianza. Al ser el Banco Hipotecario Miramar el líder del pool financiero, nos convertimos también en sus asesores estratégicos.
Gracias a las habilidades empresariales de Armenteros logramos navegar el proyecto. No era tarea fácil: imagínense cuando se presentaba la liquidación de una cubicación por obras ejecutadas ante aquellos socios españoles, que sabían muchísimo de alta cocina y restaurantes, pero no de costos estructurales, las discusiones eran un verdadero reto. Sin embargo, nos las ingeniamos, superamos los obstáculos financieros y técnicos, y logramos la apertura del gran Hotel y Restaurante Lina.
Al reconstruir estos recuerdos, no solo viajo al origen de un lugar entrañable, sino que pongo en perspectiva cómo se construyeron los pilares de la ciudad que hoy habitamos. El Lina fue el reflejo de una época de audacia empresarial dominicana que, paso a paso, ha ido cediendo su lugar en la historia.
sp-am