Si me quedaran solo 24 horas de vida…
No perdería un solo minuto en quejarme.
No reclamaría lo que no tuve.
No me lamentaría por lo que no logré.
Más bien agradecería. Con lágrimas en los ojos y el corazón rendido, agradecería haber tenido el privilegio de vivir.
En esas últimas 24 horas, dejaría de correr tras el tiempo y correría hacia lo que verdaderamente importa.
Abrazaría fuerte a mis hijas. Les diría una y otra vez cuánto las amo, cuánto las admiro, y cuánto me hubiera gustado tener más días para estar presente en cada logro, en cada caída, en cada silencio.
Les pediría que todo el bien que me faltó por hacer, lo continúen ellas. Que no permitan que mis sueños se mueran conmigo. Que hagan de mi legado su impulso, no su nostalgia.
Al amor de mi vida le pediría algo muy profundo: que guarde en su alma mis gestos nobles y olvide mis errores.
Que nunca imite mis defectos, pero que siempre repita mis actos de amor.
Que cada recuerdo nuestro, cada complicidad, cada lucha compartida, se convierta en una fuente inagotable de fortaleza para ella.
A los amigos que me acompañaron en la infancia, en los años de estudio, en el barrio o en el trabajo, les diría que de cada uno me llevé una enseñanza. Todos, en su forma única, me mostraron maneras distintas de mirar la vida, de entender el mundo, de reír, de caer y volver a empezar.
De corazón les pido que guarden lo mejor de mí, que conserven mis gestos buenos, mis intenciones limpias, mis momentos sinceros.
Y si algo hice mal, si alguna vez fallé, que lo comprendan con la misma humanidad con la que dentro de poco me cubrirá la tierra.
Porque mi deseo no es que me recuerden perfecto, sino real, humano y con un alma dispuesta a amar, aprender y pedir perdón.
En esas 24 horas no faltaría el perdón.
Pediría perdón… con el alma. A quienes herí sin querer, a quienes ignoré por estar demasiado ocupado “trabajando”.
A quienes me tendieron la mano y no supe reconocer.
A quienes me amaron y no supe amar lo suficiente.
Y también me perdonaría a mí mismo por las veces que quise ser fuerte y solo estaba roto por dentro.
No tendría miedo de llorar.
Pero también reiría. Reiría por cada locura vivida, por los abrazos que di sin motivo, por las veces que bailé sin ritmo, por las veces que soñé tan alto que casi toqué el cielo con la punta de los dedos.
En esas 24 horas, no contaría mis errores como fracasos, sino como aprendizajes que me formaron el carácter.
No haría un inventario de mis logros para recibir aplausos. No.
Porque hacer el bien fue siempre mi deber, no mi vanagloria.
Nunca necesité que me agradecieran por servir, porque vine a este mundo a dejar huellas, no huellas en la arena, sino en el alma de quienes me rodearon.
Buscaría en esas horas a los talentos olvidados, a los que toqué alguna vez con la ilusión de abrirles puertas.
Y si ya no tengo tiempo de darles yo mismo esa oportunidad, llamaría a quienes sí pueden hacerlo y les suplicaría:
“Haz por él lo que yo ya no podré hacer. Ábrele una puerta. Dale un escenario. Cree en él.”
Quizás en algún momento, mientras el reloj se acerca al final, me gustaría tener una varita mágica para enmendar mis fallos, no solo pedir disculpas.
Para borrar un dolor que causé sin saberlo. Para decir «gracias» donde solo dije «ok».
Para dar abrazos que nunca di. Para decir “te amo” donde solo callé.
Y también hablaría con Dios.
Le diría que mi gran deseo es que ningún dominicano se acueste con hambre.
Que me dé una última luz para revelar una fórmula que acabe con la pobreza de mi pueblo.
Que no haya más niños sin escuela, ni adultos sin medicinas, ni jóvenes sin futuro.
Que todo el que hoy lucha por su familia, tenga mañana un negocio digno, un empleo justo, un hogar con risas.
Y si ya no puedo verlo con mis ojos, que al menos lo siembre con mi última palabra.
No me detendría a enumerar mis dolores. Preferiría contar bendiciones.
No lloraría porque se acaba la vida. Sonreiría porque la viví con propósito.
Y quizás, en los últimos minutos, pediría algo sencillo, pero sagrado:
una mesa, unas velas, una cena sencilla con los míos.
Un momento de silencio, con los rostros que amo.
Y allí, sin discursos largos, solo les diría:
“Gracias. Los amo. Sean mejores que yo. Y nunca olviden que TODO ES POSIBLE.”
Porque sí… esa frase marcó mi vida.
Me enseñó que todo problema tiene al menos 5,000 soluciones, si lo enfrentas con fe, con creatividad y con corazón.
Esa frase no fue un cliché: fue mi arma, mi escudo, mi filosofía de vida.
Y justo antes de partir, si me lo permiten, me gustaría dejar una sonrisa.
Una sonrisa que diga: “Lo di todo”.
Una sonrisa que inspire a vivir con pasión.
Una sonrisa que abrace, incluso después de mi ausencia.
Porque si solo me quedaran 24 horas de vida, no las usaría para morir…
Las usaría para vivir tan intensamente que mi último aliento sea una lección de amor, de fe, de esperanza.
A mis socios de vida, mis cómplices de sueños, mis aliados incansables en cada proyecto, les diría gracias… desde lo más profundo de mi alma. Gracias por haber caminado conmigo, aun cuando mis pasos eran acelerados, obsesivos, a veces agotadores. Gracias por haber creído en mis ideas cuando aún eran solo garabatos en una servilleta.
Sé que no fue fácil seguirle el ritmo a un corazón que no sabía rendirse, a una mente que a veces olvidaba descansar.
Pero quiero que sepan que ustedes fueron mi equilibrio, mi impulso silencioso, los pilares invisibles que sostuvieron tantas batallas.
Fueron la suerte que me permitió lograr lo que parecía imposible, la comprensión que me inspiró a seguir, incluso en mis momentos de mayor fatiga.
Y si alguna vez no lo dije con claridad, si alguna vez lo pasé por alto en medio de la prisa… hoy lo grito con el alma: ¡gracias por sostenerme!
Les pido algo más: que vean a mis hijas como la continuación de mis anhelos, como el eco más hermoso de mi paso por esta vida. Que si alguna vez necesitan una razón para seguir creyendo en lo que sembramos juntos, la encuentren en ellas.
Porque en sus ojos vivirán mis ideales, en su valentía habitarán mis sueños, y en su ternura estará la versión más pura de todo lo que quise ser.
Y tú que estás leyendo esto… ¿qué harías tú si supieras que solo te quedan 24 horas?
No esperes ese momento.
Hazlo hoy. Ama hoy. Pide perdón hoy. Abraza hoy. Vive hoy.
Porque cuando llegue la última hora, lo único que importará no será lo que tuviste…
sino lo que diste.
angelpuello@gmail.com
jpm-am