Con la desaparición física del periodista y analista político Orlando Gil el país y el periodismo nacional perdió una de las plumas más aguda, crítica y develadora de los entretejes de la política y el palpitar de una “Opinión Pública” que induce, y, no pocas veces, condiciona percepción ciudadana y matices de una realidad social y política no siempre mejor expuesta.
Aunque, a su manera o estilo, tuviéramos o no de acuerdo con sus comentarios, análisis y hasta suspicacias de sabuesos siempre atentos al ajedrez rupestre de una clase política y empresarial -más sociedad civil- que cabalga, en cierta forma, sobre la ausencia de un izquierdismo-sindicalismo que desapareció, ideología-espuma y el éxito del Balaguer “Padre de la Democracia”.
Hacía tiempo que el periodismo de análisis o perspectiva venía muriendo y de su gloria, riesgos y momentos, lamentablemente, emergió -como degradación-, con contadas excepciones, variopintas vertientes: la de bocinas -pro-oposición o pro-gobierno-, de peaje -contante y sonante-, de periferia de partidos políticos o proyectos presidenciales -“políticos de la secreta” y titulares-condena-. Y ya, de un tiempo acá, el de jurisconsultos y especialistas -igual de políticos- carísimos y revestidos de excelsa escritura, pero lobista de oficio. Encima, esta última camada, se vende de impoluta porque solo cobra dizque por su “trabajo” -el que lo puede pagar: Gobiernos, agencias extrajeras, oligarcas o marcas-. Mercaderes de sus oficios.
Con Orlando -y dos o tres más que aún nos quedan- se fue una generación de periodistas que dijeron y repartieron verdades relativas, desenredaron maridajes de clases, acuerdos tras bambalinas, embustes y estafas públicas vulgares. Ellos, nos dijeron, previo fidedignas indagatorias, lo que pudo haber detrás de una foto de convidados sonrientes: políticos que no se querían u odiaban; o como se comunicaban por interpósita persona -empresarios, alcahuetes o bienintencionados- para aparentar rivalidad solo de media cuadra. En fin, un país de repentismo y humores ….
Hoy lo que está ocupando su quehacer, con escasas excepciones, son propagandistas, en mayoría, de proyectos presidenciales o corporativos, figuras o agendas múltiples. Y no es que ellos -esa generación de periodistas- no tuviera preferencias políticas, defectos o, a veces, visiones equivocadas, no.
La diferencia era, y es, que se las cantaban al más encumbrados de los ciudadanos o detentores del poder -Orlando Martínez, Gregorio García Castro, entre otros-. Y por esa determinación y coraje, se ganaron respeto, lectoría y un sinfín de sinsabores, destierros o la desafección-silencio más fulminante y execrable: el asesinato.
En fin, podemos decir que, como periodista y ciudadano, Orlando Gil fue fiel y medularmente periodista, de verdad, de pie a cabeza.
jpm

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