Como todos los años, las organizaciones que reclaman el cese de los atropellos de autoridades que, como la Policía son blanco de críticas constantes, volvieron a manifestarse el miércoles, a propósito del Día de los Derechos Humanos.
Como siempre, sus denuncias envuelven la corrupción del Poder Judicial, del Ministerio Público y por supuesto, de un “cuerpo del orden” cuyo nombre más parece una ironía cruel frente a sus acciones.
Cargados otra vez de estadísticas, exigieron delante de los micrófonos que el respeto a la vida deje de ser tomado como una utopía y se reafirme como un derecho. Que el silencio por cobardía, por conveniencia o por costumbre sea desalojado.
Auténticas o no las intenciones de los que mantienen su voz activa en estas jornadas, el problema está ahí, frente a la casa del padre cuyo hijo sale a trabajar y es detenido en una redada-excusa.
Su liberación cuesta de RD$300 en adelante en ese bazar estúpido.
El precio por cabeza de los muchachos de barrios pobres apresados de manera a veces brutal e injustificada dependerá del lugar, “la pinta” y la actitud del afectado y claro, del humor de los agentes.
Por eso ya no suena ilógica la denuncia de que los miembros de la Dirección Nacional de Control de Drogas colocan drogas en los bolsillos y las viviendas de chicos a los que quieren “joder”, sacar dinero o cobrar alguna diferencia personal.
Por esa misma razón ya no nos sorprende que madres desesperadas acudan a medios de comunicación a quejarse del monto que tuvieron que pagar a un fiscal o a un juez para que sus vástagos fueran liberados.
Unos consiguen salir sin la ficha, otros no tienen tanta suerte y esa estampa les marca de por vida.
Les impide conseguir trabajo, ser entes útiles y aunque suene manido, los incita a delinquir como modo de supervivir.
Otros tienen otro fin. Bajo las balas grises en alegados intercambios de disparos, cuando osan “enfrentar” con chilenas (arma casera que solo dispara una vez antes de volver a ser cargada) a patrullas a las que nunca hieren.
No se trata esto de medir qué vida vale más, si la de los presunto o reales delincuentes o las de los policías. Puesto que así no puede tasarse a un ser humano y como dice el vocero de esa entidad, “los agentes también tienen familia”.
Pero la mayoría de los “enfrentamientos” dejan muy parado a ese organismo, por lo absurdas de sus explicaciones. Por las probadas denuncias de complicidad con delincuentes a los que quitan de en medio cuando ya no quieren responder a sus intereses, o cuando sus acciones los han “calentado”.
No importa el nombre, Policía, Poder Judicial, Ministerio Público. Su deber inolvidable es propiciar un clima de seguridad y confianza. Qué pena que algunos lo hayan borrado.


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