“Las fechorías del bandolero Trujillo” o el monstruo en ciernes

Hay libros –y lo saben algunos lectores- que al solo hojearlo despiertan una misteriosa incitación a su lectura, tal es el caso de “Las fechorías del bandolero Trujillo” (1937-Puerto Rico) del periodista puertorriqueño Francisco C. Girona Pérez (1901-1960), un texto periodístico mezcla de ensayo-testimonio que nos retrata al dictador Trujillo en la génesis de su encarnadura policiaca-castrense, de su perfil de gánster-congénito, de su cínica y simulada trayectoria política, sin obviar sus crímenes primogénitos y sus insaciables instintos primarios con los que esculpió la escultura-arquitectura de la dictadura que instauró a sangre y fuego (1930-1961). Quizás –y para situar a los lectores- la mejor manera de explicar la curiosa historia de este libro es citar lo que escribe Bernardo Vega en la introducción a la versión dominicana (2013): “Tal vez la historia sobre lo que sucedió a este libro es tanto o mas interesante que su contenido. No existe ningún ejemplar de esta obra, tan sólo una fotocopia de la misma en la Biblioteca del Congreso en Washington y otra en la Biblioteca General de la Universidad de Puerto Rico”. O lo que dice –de mas relevancia- la Academia de la Historia a través de su presidente, el historiador Frank Moya Pons: “Esta obra ofrece detalles acerca de los métodos de represión del régimen trujillista que no aparecen en ningún otro libro y su valor reside en que son testimonios ofrecidos directamente por personas que tuvieron que huir al exilio para escapar de la cárcel o de la muerte…”. Desde que vi la portada del libro, me llamó la atención: un dibujo que recrea a un Trujillo en una mazmorra, vestido de presidiario, sentado, preocupado. Al respecto, La carátula original (incluida en esta edición-2013), no era menos anunciadora: un Trujillo en pleno teatro del poder: vestido de militar, en una mano una copa que se derrama, en la otra, la cabeza de Desiderio Arias (creo); y debajo, pisada por su bota de guardia campestre, una mujer tendida-subyugada y semidesnuda. El vivo retrato pues, del abusador-dictador que se eleva por encima de la patria, de la Constitución, de las leyes y de todo un pueblo. Y aunque –y lo advierte Bernardo Vega en la introducción del libro- en algunos pasajes hay consideraciones que podrían calificarse de panfletarias, ello no resta valor histórico al libro ni demerita la prosa del autor si sabemos que estuvo en el país –el dato aparece en la solapa del libro- y que de seguro observó, de primera mano, también, el modus operandi del régimen en su gestación y desarrollo temprano. En eso quizás, o sin quizás, reside el valor sociológico-histórico de este libr que pudo captar, en su génesis y derrotero, una de las dictaduras mas sanguinaria, castradora y prolongada de Latinoamérica. Pero vayamos al texto en su estilo, contexto histórico y prosa, y dejemos que los lectores capten la atmosfera asfixiante de aquel régimen de oprobio y castración colectiva en pleno apogeo. Pero ¿qué resaltar en medio de aquella barbarie horripilante? Quizás, estos pasajes reveladores y distintivos del principi “¿Cómo subió “Chapita” a la presidencia de la República Dominicana? Es un episodio macabro, siniestro, donde la traición y la más sucia de las emboscadas adquiere contornos de alto relieve. Un episodio tan insólito y tan mezquino el historiador de Quisqueya se resistirá a llevar a las páginas de la historia dominicana los detalles del mismo. Quine tenga la misión de escribir la historia de Santo Domingo sentirá asco y horror al recordar tan siquiera la alevosía y la traición con que “Chapita” subió a la presidencia de ese pueblo. El Presidente Vázquez, un tanto resentido de salud, marchó a Baltimore en busca de mejoría. Durante su ausencia las oficinas del Alto Comando del Ejército fueron antros de conspiración. “Chapita” preparaba el engranaje para derrocar al Presidente Vázquez. Se erguía la traición…” (pag. 41). O la proclama del General Desiderio Arias (Mao, junio 10 de 1931). (…) “Es necesario ser honrados y manifestar responsablemente que el 23 de febrero de 1930 no nos legó nada. Él solo resucito los odios y las pasiones, dando una oportunidad mejor que nunca al entronizamiento de la traición y al incremento del crimen, alentando los abusos de autoridad y los excesos de poder… (Pág. 47). (…) Pero es tiempo para corregir el error. Es necesario que el país comprenda, como lo comprendo yo, que esta tiranía que sufrimos que no tiene paralelo en la historia, impuesta con las puntas de bayonetas y deslustradora de todas las virtudes del hogar y de la sociedad es necesario que ruede por tierra, destrozada por sus propios errores y por medio de una acción violenta y rápida, para que sea en la República el restablecimiento de la paz y de la moral administrativa que se han perdido totalmente con la ascensión al poder de este tirano enloquecido de lujuria y de crímenes. Deseo que el país sepa que amenazado de nuevo por este régimen dictatorial y asesino, en mi residencia de Mao, me he visto obligado a romper el sello de la tolerancia, defendiendo mi vida y la vida de la ciudadanía, encarándome resuelto al porvenir para vencer la consigna del miedo y acompañar al pueblo en una lucha brava y decidida que eche por tierra este gobierno de traidores, de inmoralistas y de crimenes…” (Pág. 50). O finalmente, la postura ética-patriótica-intelectual inconmensurable de Américo Lugo. (…) “Es el incorruptible patriota don Américo Lugo, quien en una ya histórica y bien documentada carta pone a Trujillo como no digan dueñas. Américo Lugo es uno de los dominicanos más cultos, mas integro, más patriota…. Pues bien, Don Américo Lugo ha sido hasta estos momentos el Historiador Oficial de Santo Domingo. En tal situación, actuaba. El contrato hecho con el gobierno de su país determinaba que los episodios históricos por él escritos terminarían en el ano 1899, época en que “quebraron” a Ulises Heureaux, alias “Lilís”. Y así lo hizo. Pero he aquí que “Chapita” en su loca manía de grandeza, honores y gloria le pide al historiador Lugo que continúe escribiendo la Historia de Santo Domingo hasta el momento actual. Y don Américo, hombre íntegro si los hay, se niega rotunda y valientemente a escribir como quiere el bandolero Trujillo. Así las cosas, Chapita parte por lo más fácil: suspender del cargo al noble y honrado historiador. Ante semejante atropello, don Américo le enfila a Trujillo una carta que pesará a la historia como el documento más valiente y más digno que a un déspota se le puede enviar. En nuestro poder tenemos el documento. Es algo extenso. Como botones de muestra, veamos algunos de los brillantes y encendidos párrafos de la célebre carta de don Américo Lugo. Copiamos el párrafo sext “Todo cuanto se escriba sobre administración del General Vázquez y la de usted, sólo podrá ser relatado con imparcialidad en lo futuro. El juicio que uno merece de la posteridad no depende nunca de lo que digan sus contemporáneos, dependen exclusivamente de uno mismo. Aparte de estas consideraciones decisivas, yo no podría escribir ese trozo de la historia por dos razones: la primera, mi falta de salud; la segunda, mi falta de recursos. Recibir dinero por escribirla en las presentes condiciones tendría el aire de vender mi pluma y ésta no tiene precio” (Págs., 77 y 78). La segunda oración del párrafo décimo, dice: “…Que nadie pueda erróneamente figurarse que pertenezco a la farándula que sigue a usted, como sigue a todos los potentados de la tierra, tratando de medrar a cambio de lisonjas”. La penúltima oración del párrafo undécimo, dice: “…La actual generación dominicana es precisamente, en mi pobre concepto, la más desgraciada de cuantas han hollado con su planta el suelo de la Isla sagrada de America” (Pág. 78). Y finamente, esta retaliación del sátrapa: “…la indignación del malhechor Trujillo llegó a tal punto, que no conforme con destituir del cargo de Historiador a un hombre tan superior como Lugo, ordenó a la New York and Porto Rico Steamship Co., que destituyera del alto puesto que en dicha compañía ocupaba el hijo de don Américo, señor Chilín Lugo y esta compañía cobarde, indigna y vil, despidió al competente empleado porque así lo ordenó el bandolero Trujillo…” (Pág. 78). Sin embargo y para terminar -después de este somero registro de la obra de Francisco C Girona-, sería injusto, de nuestra parte, no reconocer el carácter de monografía histórica-periodística crítica de su obra “Las fechorías del bandolero Trujillo” escrita en una fase temprana de la gestación de aquel ensayo diabólico-abominable de poder omnímodo. Por ello, bien hizo la Academia de la Historia Dominicana”, Bernardo Vega y Frank Moya Pons, al rescatar –de alguna manera- y editar esta obra, en franco reconocimiento y correspondencia al valor histórico de la misma; pero, sobre todo, a la Dedicatoria del autor –primera edición, 1937-, en donde se lee: “Estos párrafos, escritos sin pretensiones literarias y si como un grito de protesta contra los crímenes y las tropelías del sanguinario Rafael Leónidas Trujillo Molina, Presidente por asalto de la heroica República Dominicana, van dedicados a todas las víctimas de la ferocidad trujillista; a las infelices madres dominicanas que han visto caer a los hijos de sus entrañas para no volver a levantarse, acribillados por los secuaces de Trujillo;…” (Francisco C. Girona, 1937/PR-Pág. 23).

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