La posverdad y la verdad de los hechos

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EL AUTOR es catedrático universitario. Reside en Santo Domingo.

Algunos filósofos contemporáneos reconocen la existencia de tres verdades: la fáctica, la verdad mía y la verdad tuya. No obstante, si a todas las informaciones que la gente difunde pudiera llamársele verdad, en realidad debería hablarse de siete y no sólo de tres. Pero ¿cuáles son estas siete supuestas verdades? La mía (1) la tuya (2) la de él (3) la de ella (4) la de ellos/as (5) la nuestra (6) y la verdad fáctica, la de los hechos (7).

Las primeras seis verdades nunca coinciden con la verdad de los hechos. Por tal razón, no son verdades, sino posverdad, como se le denomina en la filosofía posmoderna. El escenario para su producción son las relaciones subjetivas e intersubjetivas.

Como muy bien ha enfatizado el ciberfilósofo, Andrés Merejo, a los hacedores de posverdad no les interesa el debate, ni el análisis, ni otras formas de intercambio de ideas. Les importa, más bien, engañar a las masas con un discurso que tergiversa los hechos y miente a los oyentes, televidentes y lectores.

El objetivo es hacer creer que lo bueno es malo y que lo malo es bueno. De ese modo, la gran cantidad de informaciones falsas influye en las personas para que crean que la realidad no existe, sino la percepción construida en base a propagandas y otros tipos de informaciones, con las que se construye un sujeto unidimensional, carente de voz propia.

Se trata de un relativismo muy común en el discurso político y hasta en los espacios académicos del presente. Es el resultado de tergiversar el principio de la Gestalt que establece que el punto de vista construye al objeto.

En vista de que las ideas se cimentan en los hechos, los emisarios de la posverdad temen toparse con ellos. Por eso nunca los enfrentan. Más bien, intentan destruir reputaciones en base a la elaboración de textos falsos. Se centran en los aspectos que entienden son debilidades de todo tipo, pero casi nunca reconocen las múltiples virtudes de sus oponentes. Les encanta y les divierte el morbo. Pero detestan mirarse a sí mismos. Su propio rostro les asquea, les causa horror. Mucho menos pueden verse en el espejo ajeno.

La posverdad como tal no es nueva. Lo reciente es el nombre y los contextos. No así la semántica que representa este vocablo. La historia universal contiene muestras de posverdad. Si no es así ¿por qué se creyó durante más de diez siglos que la Tierra era el centro del Universo? ¿Cuáles fueron los motivos de las guerras de las cruzadas? ¿Por qué pagaban indulgencia los esclavos y señores feudales, etcétera? ¿No coinciden estos elementos de la historia en haberse constituido en discursos ajenos a los hechos?

El análisis crítico del discurso constituye una actividad intelectual eficaz para desenmascarar la posverdad. El lingüista y filósofo norteamericano, Noam Chomsky, es un ejemplo auténtico al respecto. Ha publicado más de una docena de libros, en los que desenmascara las estrategias de engaño empleadas por los Estados Unidos para justificar guerras e intromisiones.

En el libro Los Guardianes de la Libertad (1990) este autor describe cinco filtros a través de los cuales son diluidos los hechos antes de llegar al destinatario. Con esto muestra cómo los medios de comunicación de masas (prensa, radio, cine y televisión) son corresponsables de la difusión de discursos falsos con fines alienantes.

Sin embargo, ha sido en la era del cibermundo en el que la posverdad ha alcanzado su punto más alto, puesto que en los contextos virtuales estos discursos son eternos. Además, se encuentran a disposición de cualquier cibernauta.

Los docentes, especialmente los universitarios, estamos ante una disyuntiva: convertirnos en reproductores de textos falsos o en propiciadores de análisis crítico de textos con la finalidad de descubrir la verdad fáctica en cada contexto de producción discursiva.

Tanto docentes como estudiantes pueden y deberían analizar pragmáticamente los textos que circulan por sus aulas. Las preguntas guiadoras pudieran ser ¿Qué dice? ¿Por qué debería creer o no lo que dice? ¿Quién lo escribió? ¿Cuáles hechos lo corroboran? ¿Cuáles otros textos lo confirman, etcétera?

JPM

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