Por RAFAEL RAMIREZ MEDINA
La clase media ocupa una posición incómoda dentro del sistema económico. No es lo suficientemente pobre para recibir ayudas significativas ni lo suficientemente rica para optimizar su carga fiscal. Sin embargo, es el segmento que sostiene con mayor regularidad el funcionamiento del Estado.
Este grupo paga impuestos por múltiples vías, Impuesto sobre la Renta, ITBIS, impuestos selectivos, tarifas de servicios públicos y una larga lista de cargos indirectos. Su contribución es constante, predecible y difícil de evadir. Es, en términos prácticos, el contribuyente ideal.
A diferencia de otros sectores, la clase media depende mayoritariamente de ingresos formales. Sus salarios están registrados, sus compras documentadas y sus transacciones visibles. Esto la convierte en un blanco fácil para la recaudación, pero también en un sostén silencioso del sistema.
El problema surge cuando esa contribución no se traduce en servicios de calidad. Educación, salud, seguridad y transporte no mejoran al ritmo del esfuerzo fiscal. La clase media paga como si fuera rica y recibe servicios como si fuera pobre.
Esta situación genera una presión financiera constante. El aumento del costo de la vida, sumado a una carga fiscal creciente, reduce su capacidad de ahorro y limita su progreso. Cada mejora salarial se diluye rápidamente entre impuestos y precios.
La paradoja es que una clase media fuerte es esencial para la estabilidad económica y social. Es la que consume, invierte en educación, demanda institucionalidad y sostiene el empleo formal. Sin ella, la economía pierde equilibrio.
Sin embargo, el sistema fiscal no la protege. Al contrario, muchas políticas terminan erosionando su poder adquisitivo. La falta de ajustes por inflación, deducciones efectivas y alivios reales convierte cada año en una carrera cuesta arriba.
Además, la frustración acumulada tiene efectos políticos. Una clase media que siente que cumple sin recibir pierde confianza en las instituciones. El contrato social se debilita y el descontento se expande.
Proteger a la clase media no implica privilegios, sino equilibrio. Significa reconocer su rol estratégico y diseñar políticas fiscales que no la asfixien. Ignorar esta realidad es comprometer la sostenibilidad del sistema.
Este articulo plantea que la clase media es el pilar fiscal más importante del Estado, pero también el más desprotegido. Al cargar con una parte desproporcionada del esfuerzo tributario sin recibir beneficios equivalentes, se convierte en una víctima silenciosa de un sistema desequilibrado.
jpm-am


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