El ejercicio del periodismo en la República Dominicana ha tenido en las últimas décadas un viraje degradante que debería preocupar a todos y todas. Nunca, como ahora, esa noble profesión había entrado en un proceso tan acelerado de deterioro como el actual.
La entrada al ejercicio periodístico de simulados y declarados miembros y dirigentes de partidos políticos a los medios de comunicación para hacer opinión pública sin la acreditación profesional correspondiente ha llevado a esta situación degradante.
Al parecer, se ha perdido de vista que los medios, en sus diversas formas, tienen un cometido indispensable como actores en el desarrollo y promoción de las relaciones entre los pueblos.
Los periodistas y comunicadores profesionales tienen la responsabilidad sagrada de fomentar el conocimiento y el respeto de la identidad y diversidad cultural y lingüística y las tradiciones y expresiones religiosas como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidos para la Educación, la Ciencias y la Cultura, UNESCO, sobre la Diversidad Cultural.
Quiero que quede claro que soy un defensor rabioso de los principios de la libertad de prensa e información, de expresión y difusión del pensamiento, que están consagrados en la Constitución dominicana, en la Resolución 59 de la Asamblea General de las Naciones Unidas y en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Sin embargo, resulta inaceptable que el ejercicio periodístico dominicano se haya bandalizado y convertido en una verdadera industria del chantaje y la extorsión. Me resisto creer que ejemplos y valores del periodismo consagrado y comprometido, como don Radhamès Gómez Pepín, Freddy Gatòn Arce, Rafael Herrera, Germán Emilio Ornes y Orlando Martínez, entre otros, hayan sido sustituidos. Esto no puede ser!
Lo que hay instaurado en este medio social es, y hay que decirlo con dolor, una banda de periodistas y pseudos comunicadores que han asaltado espacios en medios radiales, televisivos, periódicos y portales digitales, para promover y defender intereses personales, políticos, económicos y sociales de manera asqueante al margen de todo código ético y rigor profesional . Se han constituido en verdaderas bandas, mafias y carteles.
Y que no me vengan con la solfa de que los identifique, porque ahí están a los ojos de todos, en los programas de opinión difundidos por la radio, televisión y periódicos, tanto impresos como digitales.

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