José no era de Na’. Esta “maldita negra parió un Tolete”. (y 2)
POR JAVIER FUENTES
En el mundo de hoy el hambre, la guerra y las epidemias son casi por completo el resultado de decisiones humanas, que son a su vez expresiones del espíritu humano.
Si bien existen varias salvedades y matices acertados, en general lo anterior es rigurosamente cierto.
Los desastres individuales son consecuencia también, en gran medida, de decisiones humanas ya sean las nuestras o las de otros.
Las situaciones en que nos encontramos no son nunca tan importantes como nuestras respuestas a ellas (puede que lo sean en algún caso muy puntual), unas respuestas que proceden de nuestro lado «espiritual». Un corazón cuidadosamente cultivado, ayudado por la Gracia de Dios, preverá, impedirá o transformará la mayor parte de las dolorosas situaciones ante las que otros reaccionarán como niños impotentes diciendo: «¿por qué?».
La Biblia está llena de sabiduría acerca de estas cuestiones. Esta es la razón por la que a los principales libros del Antiguo Testamento les llamamos «literatura sapiencial».
Jesús lo resume todo en sus enseñanzas. “Él es poder y sabiduría de Dios” (Corintios:24). Nos dice, por ejemplo: “buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). “Y cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca; y cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa; pero no se cayó, porque había sido fundada sobre la roca” (Mateo 7:24-25).
Por tanto, la mayor necesidad que tenemos tú y yo -la mayor necesidad del colectivo humano- es la renovación de nuestro corazón.
Este órgano espiritual de nuestro interior, del que proceden nuestras perspectivas, elecciones y acciones ha sido configurado por un mundo alejado de Dios.
Y ahora ha de ser transformado: dos cuestiones en que radica la ineludible relevancia de Jesús. De hecho, la única esperanza de la Humanidad radica en el hecho de qué del mismo modo que nuestra dimensión espiritual ha sido formada, puede también ser transformada.
Y en estas dos cuestiones para la vida humana. Hace unos dos mil años, Jesucristo reunió a su pequeño grupo de amigos y discípulos en las laderas de Galilea y les envió a enseñar a todas las naciones, es decir, a hacer alumnos (aprendices) suyos de todos los grupos étnicos. Su objetivo final es poner a todo ser humano sobre la Tierra bajo la dirección de su Sabiduría, Bondad y Poder, como parte del Eterno plan de Dios para el Universo.
No nos quepan dudas, al enviar así a sus discípulos, Jesús puso en marcha una revolución mundial perpetua: algo que sigue todavía su proceso y que continuará hasta que la voluntad de Dios se haga en la tierra como ya se hace en el Cielo.
Cuando esta revolución llegue a su culminación, todas las fuerzas del mal que conoce la humanidad serán derrotadas y la bondad de Dios será conocida y aceptada y se convertirá en el elemento que configurará cada aspecto de la vida humana.
Él ha decidido conseguir este objetivo juntamente con sus discípulos y en parte por medio de ellos.
En este mismo momento es cierto, como proclama Isaías en la visión de los serafines “toda la tierra está llena de su gloria, la gloria del Santo Señor de los ejércitos (Isaías 6:3).
Sin embargo, aún tiene que llegar el día en que “la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del SEÑOR como las aguas cubren el mar» (Habacuc 2:14).
La revolución de Jesús es en primer lugar y de manera constante, una revolución del corazón o espíritu humano. Tal revolución nunca ha operado ni opera mediante la formación de instituciones y leyes sociales que tratan con los aspectos externos de nuestra existencia esperando que éstas impongan, después del hecho, un buen orden de vida sobre las personas que están bajo su influjo.
La de Jesús es, más bien, una revolución del carácter, que opera cambiando a las personas desde adentro, mediante una constante relación personal con Dios en Cristo y del uno con el otro.
Es una transformación que cambia las ideas, creencias, sentimientos, y hábitos de elección, así como las tendencias del cuerpo y las relaciones sociales. Es algo que penetra hasta las capas más profundas del alma.
Para que la venganza de la madre a la sociedad líquida sea: esta matrona parió un hijo que hace lo bueno y va al cielo con Cristo.
jpm-am

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