John Pércival, Brayan Féliz y otros
El asesinato atropellante y sañoso de John Pércival Matos y la captura pacífica de Brayan Peter Féliz confluyen para reafirmar que la sociedad dominicana sufre un lamentable estado de descomposición. Esto se infiere de las reacciones suscitadas por ambos sucesos. Muchos ciudadanos han mostrado actitudes desajustadas.
Euforia por la muerte de uno y lamentaciones porque se haya atrapado vivo al otro demuestran que hay gente enferma que no lo sabe. También tiene trazas patológicas justificar las acciones de la banda cuya dirección se atribuye al exteniente Pércival. Pintarlo como un revolucionario es realmente una afrenta a la conciencia nacional.
De Pércival se ha pretendido crear una leyenda y erigirlo en mártir. Algunos dicen, con razón, que es una víctima del cuestionado sistema de justicia dominicano. Un tribunal lo dejó libre de la acusación de robar un avión en octubre de 2011 el cual pilotó hasta Venezuela. Al parecer era su debut como profesional del delito.
La Policía lo exalta cuando informa que murió en combate. Era perseguido por aire, mar y tierra por más de ochenta mil hombres. Según su padre, fue matado en la habitación donde se alojaba y colocado su cadáver en el vehículo. Una tercera versión, de origen popular, refiere que sus cómplices lo eliminaron antes de huir.
La gente sensata lamenta que lo mataran, no sólo por lo atroz del procedimiento, sino por la utilidad de la información de que disponía en torno a los hechos en los que se involucró. A los ojos de muchos se ganó la muerte. La falta de fe en la justicia los lleva a eso. La célebre frase del escritor Emiliano Tejera ha cobrado vigencia.
Con el arresto de Brayan Féliz, el otro cabecilla de la banda, sin un rasguño, sin intervención del Ejército, la Armada ni la Fuerza Aérea, algunos rezongan, pues el morbo demandaba más sangre. Da qué pensar que el sujeto aparezca en fotos ante las autoridades con poses y sonrisas de divertimento. Se teme que dure poco en prisión.
Dos oficiales del Ejército que proveían armas para los atracos han sido detenidos también. Un factor común los mueve a incurrir en esas prácticas: el deseo desmesurado de riquezas. El consumo de bienes de lujo restregado por los nuevos ricos desespera a gente cuya moral carece de soportes firmes. Y caen en la trampa. Eso es descomposición.
La justicia dominicana sabrá qué hacer con los detenidos. Les instrumentará expedientes mal fundamentados para que salgan pronto a delinquir, o los mandará enérgicamente, conforme a la ley, al lugar que en un Estado de derecho se reserva a los delincuentes: la cárcel. Hay que comenzar urgentemente a recomponer nuestra sociedad. Basta de afrentas.

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